El senador Barceló murió demasiado joven

Un pica en Flandes

La edad es un estúpido dato falso con que la policía y las novias creen saberlo todo de un caballero

El senador Barceló murió demasiado joven
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

La muerte se cruza una y otra vez conmigo y, por tanto, con esta columna. Desde que publico aquí, no he parado de perder a maestros y amigos. Por lo visto, que yo escriba mata a mi alrededor. Todos los muertos de mi vida acaban, tarde o temprano, formando parte de alguno de mis artículos. Tengo la sensación de que la muerte se está convirtiendo en mi tema recurrente, casi en un tic estilístico, y, eso, únicamente puede significar una cosa: Que yo mismo estoy por delante en la cola del cadalso. La maldigo. Maldigo a la muerte por su negra capacidad para cambiar el curso de mi pensamiento y volverlo, de forma repetida, contra mí, contra todo lo que es hermoso. El paso de la parca me hace detenerme, santiguarme y musitar, con amor y respeto, el nombre de los muertos. El nombre de los nuestros.

Esta semana le toca a Miguel Barceló, uno de los pocos artistas de la política que he conocido, y no voy a dejar de mencionarlo sólo porque, hace dos semanas, ya redacté otra nota necrológica. La muerte se va a joder, yo no me callo. Nos ha quitado a Miguel por la espalda y me va a oír. Podría apuntar que el senador Barceló se marchó durmiendo, con la misma elegancia que derrochó en vida, pero no sería toda la verdad. Miguel no se ha ido, la muerte nos lo ha robado a los 94 años, demasiado joven. Demasiado joven para su gusto, seguro. Miguel era inteligente, simpático, europeísta, moderado, componedor y, sobre todo, joven, con independencia de su edad. Los años, para Miguel Barceló, fueron fake news. La edad es un estúpido dato falso con que la policía y las novias creen saberlo todo de un caballero.

A los 28, llegué al Senado porque Miguel, con 70, me ganó el puesto de adjunto al Sindic de Greuges y me forzó a presentarme a las elecciones. Puede que ni siquiera mi bro Agramunt se acuerde de eso. Sin ese impulso inicial, yo no me habría dedicado a la política. Después, fuimos senadores juntos, del 96 al 2003 en que, lo siento, fui reclutado para el Consell de Camps. Recuerdo aquella época como la añorada de mi carrera y, a Don Miguel, como el patriarca de una tribu muy seria de valencianos en Madrid, que, lo mismo, mareaba a Aznar que transportaba, físicamente, el parlamento a los pueblos en una furgoneta. Nunca los senadores valencianos fueron más divertidos ni más influyentes.

Cuenta la leyenda que, entonces, Miguel tenía una habitación propia en el hotel Palace, que, allí, le lavaban la ropa y se la colgaban en el armario y que se cambiaba de traje para cenar. Sir Michael, le llamábamos con razón. Si alguien mereció, alguna vez, el título de senador ese fue Miguel Barceló, un patricio romano de Benidorm. Sin duda, un gentleman. Cualquier político pasado no fue mejor, pero Miguel sí. La muerte lo sabía y, por eso, la muy puta, se lo ha llevado con sólo 94. Demasiado joven, en su opinión. Incluso en la mía.

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