EL SEMÁFORO DE EUROPA

Valencia/2017

Recuerdo la liturgia, el 'atrezzo', la rutinaria exhibición de los secundarios que pedían limosna junto a El Pilar

RAFA LAHUERTA YÚFERA

Desde 2007 releo 'Ebro/Orbe', el maravilloso libro de Arcadi Espada que editó el también periodista José María Albert de Paco. Lo releo a menudo para tomar distancia, sobre todo cuando detecto que el sentimentalismo y la melancolía me acorralan. Leer a Espada es pasar el algodón. Nadie como él para deshacer tópicos y susurrarte al oído que la impostura te acecha tras cada adjetivo de más. 'Ebro/Orbe' parece el relato de una tubería, pero es uno de los viajes que mejor describen la singularidad metafísica de Valencia. Como tiene pelazo y achina los ojos, Arcadi parece más chulo de lo que es. En realidad, es un escritor mayúsculo, uno de los grandes. Mientras la sociedad de autores babeaba con el oasis catalán, Espada publicó tres libros que cualquier ciudadano responsable ha de leer y subrayar: 'Contra Catalunya', 'Quintacolumnismo" y 'Raval, del amor a los niños'. Ahí están, con extrema lucidez y solvencia intelectual, las claves de un país y su tiempo. Amenazada como está la célebre trama de afectos, Arcadi Espada es miembro irónico de la tercera España: ese huerto cultivado por Chaves Nogales, Fernando Savater o el propio Félix de Azúa. Evidentemente, la improbable capital de esa hermandad ibérica sólo podría ser Valencia; por antimelancólica, por luminosa, por no ceder al chantaje retórico de las novelas canónicas que pasan llorando: un catálogo que alimenta la nostalgia y convierte el pasado en una industria de agravios. Sin duda, ese canon explica la propensión emotiva del regreso al origen y la profunda disonancia entre la ciudad visible y la literatura que genera. Mientras la urbe se nutre de luz, la cátedra persigue la zanahoria de una novela decimonónica y total que galvanice un eslogan definitivo. Para esa teatralización ya no hay actores, ni por supuesto actrices. El destino de Valencia es llegar tarde a la pasarela de las localizaciones ejemplares. Hubo un sanedrín de ciudades moralmente superiores, pero Valencia nunca cupo en él. Según los expertos era insolvente, cutre, ágrafa. Llegó tarde a la eclosión santificada de los grandes eventos y ha llegado tarde al turismo como fuerza de prestigio. Cuando el turismo era el gran objetivo de las ciudades europeas y la literatura ejercía de vagón de enganche comercial, Valencia agonizaba en su solar, anestesiada por años de capitulación y la inigualable leyenda negra que la elevó a 'Capital Mundial del Antiturismo'. Ese blasón era un hilo heroico del que tirar. Anunciaba una resistencia, un punto de vista, una manera de agitar el avispero de las metáforas. Su visionario hacedor, Kenneth Tynan, llegó a Valencia a finales de los años 60'. Entonces, la mitología mundana se ceñía a los bares ocultos del Barrio Chino y al misterio sin resolver del día en que murió la vedette Gracia Imperio. Si Tynan no hubiese muerto tan joven, habría caído rendido ante 'El semáforo de Europa' y su cantina más cercana, el bar Los Checas. El bar Los Checas no era un bar de grandes esperanzas; era mucho más que eso. Paliaba la sed y modulaba las tensiones. Había una divisoria invisible entre los parroquianos que jugaban a las cartas y los trotamundos que iban al banco de sangre de la calle Gorgos. El disfraz de la calma sólo era el preludio de alguna reyerta que ningún periódico recogía. Nadie avisaba a la policía. El incontestable Sr. Domingo mediaba con sus dotes de legionario pasado de alcohol y tatuajes. Era un auténtico hombre de paz, un tipo frontera que se movía con elegancia en el fango. Imponía el mismo respeto discreto y efectivo que el hombre que mató a Liberty Valance.

Del semáforo de Europa recuerdo la liturgia, el 'atrezzo', la rutinaria exhibición de los secundarios que pedían limosna junto al colegio de El Pilar. La caravana del camino de Tránsitos predisponía a la ensoñación sanguinaria. Los turistas pasaban de largo, 'con un velo de sangre en la mirada'. Al mediodía coincidían en pocos metros los vendedores de pañuelos, los limpiacristales, un par de discípulos de los hermanos Tonetti que abrevaban en el bar Víctor, en la calle del Cronista Almela i Vives. Pobrecillos. Eran payasos que hacían llorar. El calor les derretía el maquillaje. Finalmente, una tormenta de barro los engulló en beneficio de la infancia protegida. De fondo, las chicharras elevaban a coro de viudas un barroquismo que ya sólo he vuelto a ver en algún capítulo de 'Carnivàle'. Ni siquiera el esqueleto de Mestalla aminoraba la depresión del circo ambulante. Aquello no era la epopeya del viejo Oeste y su reino de alacranes: era la certidumbre que anunciaba el aprendizaje de la decepción. Yo aún no lo sabía, pero estaba predestinado a contar siempre la misma historia. Esa moviola sedentaria ha forjado mi carácter. Desde entonces avanzo en círculo. Leo las esquelas, las pongo en contexto, recorro el mismo laberinto un millón de veces. Sólo en ocasiones fantaseo con aquel periódico de necrológicas que en un país normal hubiera debido dirigir Arcadi Espada, tal y como recoge en sus Diarios: «Hacer un periódico sólo de muertos, un periódico nutrido de valerosos reporteros que recogieran el parte diario en la oficina de pompas y se fueran, cada uno con sus muertos, hasta las capillas donde se vela o hasta las habitaciones vacías, y una vez allí preguntaran entre los vivos quién fue y qué hizo y lo anotaran con diligencia y pulcritud, y lo redactaran luego con el orgullo firme y la seguridad absoluta de que en el diario donde trabajan sólo se publican noticias verdaderas». En Valencia, querido Arcadi, yo hubiera sido tu Frank Bascombe. Y lo sabes.

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