Unos segudos de felicidad

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

El pasado jueves por la mañana, a primera hora, sentado en el autobús camino del trabajo, al pararse en el cruce de Blasco Ibáñez con Dr. Gómez Ferrer me fijé en una enfermera que había salido a fumarse un cigarro procedente del Materno-Infantil. Se había acomodado en el poyete que bordea la boca del metro, la de la estación de Facultats. Y lo hizo buscando el sol, ese sol tibio de noviembre que tanto se agradece en Valencia, cuando el termómetro baja unos grados y las mujeres sacan de los armarios las botas, los abrigos, las bufandas, los guantes y hasta los gorros de lana, como si estuviéramos en el frente del Este, en el asedio de Leningrado, o en el 'kessel' de Stalingrado, a 35 grados bajo cero, que no es el caso. Se la veía feliz, tranquila y relajada en esas primeras caladas liberadoras de tensiones y tal vez de frustraciones. Volví entonces a pensar que, en efecto, la felicidad es eso, fogonazos, momentos breves, muy breves, de apenas segundos, entre preocupaciones y derrotas varias. A la tercera o cuarta calada es probable que empezara a pensar en los efectos perjudiciales para la salud que tiene el tabaco y que ella mejor que nadie conoce porque para eso trabaja en la sanidad. A lo mejor se puso a hacer números de lo que se podría ahorrar si cada día metiera el dinero que destina a la cajetilla en una hucha, el viaje que se pegaría a final de año o en verano. Igual hasta le entró remordimientos por no estar en su puesto de trabajo, por haberle robado cinco minutos a su ir y venir entre habitaciones, por un breve escaqueo que necesitaba después de un turno largo, noche incluida, y de un ajetreo que no le permitió ni una mínima cabezadita de diez minutos. Y luego, pensaría, cuando llegue a casa aún tiene que hacer la comida, limpiar un poco, poner la lavadora, bajar a comprar e ir a recoger a los niños, chico y chica, que su expareja le dejó como recuerdo de una relación de seis años antes de confesarle que no estaba preparado para algo así, un compromiso para siempre, hijos y obligaciones, colegios, suegros, paellas de domingo y comidas de Navidad. Ese cigarrillo era su único vicio más o menos confesable (nunca fumaba delante de los chavales) pero sólo le sabía bien al principio, luego se le amargaba y al final lo acababa tirando y pisando antes de consumirlo. Cuando el autobús arrancó sostenía el pitillo entre los dedos, observándolo fijamente, en el tránsito probable de la felicidad a la infelicidad. Ese lapso imperceptible de tiempo en el que uno viaja sin darse cuenta de los goles de Zaza, la magia de Guedes, la técnica de Parejo y el dominio absoluto de Kondogbia al rifirrafe eterno e incansable de Zorío, Murthy, Romero, Meriton, Lim, Llorente, Soler, Soriano, Roig, Villalonga y compañía. Qué efímero es todo. Y qué cansinos son.

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