Segregación constitucional

ANTONIO PAPELL

Como era de prever, el Tribunal Constitucional, de abrumadora mayoría conservadora, ha desestimado el recurso del PSOE contra la Ley Wert de 2014. Entre otros preceptos, los socialistas recurrían los conciertos a centros que separan a los alumnos por sexo, la religión evaluable, el adelanto de los itinerarios formativos, la falta de participación de los padres en los consejos escolares o la selección de alumnos por centros. Muchos de estos asuntos tienen una evidente carga ideológica, pero el más notable de ellos y el que más efectos trascendentes puede llegar a tener a largo plazo es el referido a la educación segregada por sexos. La Lomce establece que «no constituye discriminación la admisión de alumnos y alumnas o la organización de la enseñanza diferenciadas por sexos». Y respalda que tal modelo se beneficie de las ventajas del concierto.

En la pedagogía moderna, existe un consenso muy mayoritario sobre la ineficacia de la segregación en lo que se refiere al aprendizaje. Por lo que tal modelo, que fue le mayoritario hasta los años sesenta pero que está en franco declive en todo el ámbito occidental, solo se justifica para mantener unos determinados patrones sociales en que mujeres y hombres desempeñarían roles diferentes y hasta cierto punto incompatibles, lo que llevaría a descartar la coeducación.

Sucede, pues, que la segregación no es neutral, sino que apunta a una organización social basada en el patriarcado, que en nuestro entorno es la que defiende la religión católica. En ella, no sólo la jerarquía está en manos de varones sino el que el modelo de matrimonio se basa en la supeditación de la esposa al marido. Sería absurdo establecer una relación directa entre la segregación escolar y la violencia de género, pero es totalmente evidente que no son fenómenos independientes. El machismo parte de una discriminación sobreentendida que tendría un carácter 'natural', previo a la racionalización de las relaciones humanas. El hombre-cazador formaría con la mujer-cuidadora del hogar una simbiosis en que a esta le correspondería el cuidado de los hijos y el proporcionar solaz al cabeza de familia. Este dominio preternatural ejercido por el hombre sobre la mujer se formalizaría en términos de obediencia y sumisión de esta, de forma que cualquier desviación de la norma habría de ser sancionada. En este esquema intelectual se mueve sin duda la violencia de género, y en él no hay igualdad entre hombre y mujer.

No es cabal, insisto, afirmar que la segregación en la escuela conduce al machismo pero sí puede decirse con toda vehemencia que la segregación va en la dirección contraria de la igualdad de derechos y obligaciones entre hombres y mujeres. El hecho de que se declare constitucional el atavismo es una mala noticia pero no debería influir decisivamente en una sociedad como la nuestra, muy autónoma, en que el machismo está siendo culturalmente desterrado.

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