El secreto mejor guardado

La izquierda, el nacionalismo y la Universidad llevan años queriendo conocer el misterio de la convivencia fallera

F. P. PUCHE

La gente de la política, especialmente la de los partidos de la izquierda, lleva décadas subyugada por el fenómeno de las fallas. Desde que el dictador murió y los partidos retornaron, la izquierda lleva mirándose a los falleros de arriba abajo sin saber bien por dónde entrarles. Enrique Real fue una excepción, una isla en un océano de desencuentros, un caso aparte. A los nacionalistas les pasa lo mismo, pero con más angustia vital. ¿Cómo puede haber 'otros' valencianos aparte de nosotros? ¿Cómo se puede decir que se ama a esta tierra, que se adoran sus tradiciones y fiestas, y no estar entre nuestros afiliados? ¿Habrá otras formas de amar a Valencia que no sean la nuestra?, se preguntan perplejos.

Las hay, sin duda alguna. Incluso se puede amar a Valencia muchísimo y no tener el más pequeño interés por las fallas. Pero ese no es el caso que nos ocupa. No es el asunto que ha inundado al mundo de las fallas desde que se desveló el contenido de la famosa encuesta fallera y sus ocho o diez impresentables proposiciones políticas. Es ahí donde mi pequeño discurso hace entrar, y tomar cartas, al gran mentor de los partidos de izquierda y nacionalistas que integran el gobierno municipal. Es la Universidad. El Estudi General, claro está; porque la Politécnica se limita a hacer fallas y disfrutarlas. Porque hay un grupo de expertos universitarios, sociólogos, etnógrafos e historiadores de la fiesta, que llevan años preguntándose, legítimamente, científica y académicamente, por ese inexplicado milagro de los falleros.

Las preguntas se les acumulan. ¿Cómo pueden convivir en un casal cultos y lerdos, ricos y pobres, hombres y mujeres, creyentes y ateos, rojos y azules? ¿Cómo los falleros consiguen ese milagro de la convivencia que no logramos ni en la cátedra ni el comité? Las fallas tienen una pócima, un secreto que otros colectivos humanos envidian: permiten disfrutar de la vida y de la fiesta. Y a través del respeto a la intimidad, logran, además, una saludable, envidiada igualdad. Las fallas, sin ser una campana hermética, tienen menos convencionalismo y jerarquía, menos doblez e hipocresía que la empresa, el foro, el partido, el claustro y el coro.

¿Por qué la Universidad, que solo funciona a través del nepotismo y el amiguismo, no alcanza a disfrutar del preciado secreto? ¿Por qué en los partidos, todos enfrentados puertas adentro, no conseguimos desentrañar el misterio de la democracia fallera? ¿Por qué los falleros parecen felices en su disfrute y atesoran para ellos el secreto mejor guardado? Las preguntas, obsesivas, han forzado al fin una determinación: hagamos una encuesta, desentrañemos su misterio, hurguemos en el alma del festero. Tendremos el secreto de su felicidad. Y en tanto que son el 'núcleo duro' de la ciudad, será nuestra la llave para gobernarlos.

El Aprendiz de Brujo ha abierto la redoma y ha hecho su envite. Claro que, a veces, hasta una encuesta puede ser una bomba, una más, de esas que estalla entre las manos.

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