De la secesión a la cobardía

El independentismo ha resultado ser un soufflé que se desinfla al salir del horno

CURRI VALENZUELA

Ya quedó claro que los secesionistas eran unos cobardes cuando a punto de ser requeridos para que votaran a favor de la independencia de Cataluña pidieron hacerlo en secreto para entorpecer la labor de la Justicia contra ellos, que ya sabían inevitable. Cuatro días después, la gran mayoría se han rendido sin oponer resistencia a la intervención de su autonomía por parte del Gobierno de Rajoy con el apoyo total de PSOE y Ciudadanos.

Hoy ya no se les puede juzgar por su falta de valentía, únicamente por el ridículo que están haciendo ante tanta gente, desde los catalanes partidarios de la independencia de verdad, que ya no salen a la calle a animarles, hasta los gobiernos europeos que rechazan amparar a Puigdemont. Y qué decir de los Jordis, los dos responsables de la trama de la sociedad civil secesionista encarcelados en Soto del Real. Lo que estarán bramando contra Puigdemont y sus consejeros huidos a Bélgica, en un acto supremo de cobardía

Mientras el ex presidente y sus colaboradores más directos intentan instalarse en Bruselas al amparo de los independentistas flamencos, atrás se ha quedado Forcadell, la presidenta del Parlament que ayer mismo acató el 155 y se negó a convocar a la Mesa del legislativo catalán, cuyos miembros serán procesados por el Tribunal Supremo igual que ella. Con lo valiente que parecía cuando proclamó la votación que trataba de implantar la República de Cataluña. Junqueras, siempre el mas pragmático de todos, ni huyó, ni se escondió: reunió a los suyos para decidir que ERC se presentará a las elecciones del 21 de diciembre. Eso sí, luego añadió que las considera «ilegales», lo que por lo visto a él no le molesta. Está acostumbrado a atropellar la legalidad varias veces cada día.

La caradura de los dirigentes nacionalistas no conoce limites. Antes de huir de España, Puigdemont pidió a todos sus altos cargos que se nieguen a aceptar órdenes del Ejecutivo de Rajoy. Pocos le han hecho caso. A lo largo del día de ayer los subsecretarios de los ministerios fueron llamando a los altos funcionarios de la consejería correspondiente a sus funciones para preguntarles si están dispuestos a acatar las órdenes que reciban desde Madrid. Ninguno se negó. Sus convicciones independentistas se tambalearon tan pronto como se dieron cuenta de que se quedarían sin empleo. El premio a la desfachatez es para los diputados de los partidos independentistas en el Congreso. Joan Tardà y Gabriel Rufián quieren seguir cobrando 8.000 euros por cabeza por no asistir a las sesiones de un Parlamento cuya autoridad no reconocen.

El independentismo ha resultado ser un soufflé de los que se desinflan al salir del horno. Aquella imagen que tantos temían de guardias civiles aporreando a sus entusiastas se ha cambiado por el temor -bien fundado- a la actuación de la Justicia, el miedo a perder el empleo y la evidencia de que quienes les empujaron a esta aventura son unos cobardes.

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