SANTA ROSA DE LIMA, HOY

Mª ÁNGELES ARAZO

Con tanta Vanesa, Ainoa, Leticia y Anaïs, bautizar a una niña con el nombre de Rosa resulta tan insólito como un poco cursi, porque enseguida recuerda el perfume que como colonia a granel se vendía, junto con el de jazmín y nardo, en aquel tiempo de la posguerra, para alternar con el perfume de Maderas de Oriente (reservado como exquisito).

Las jóvenes aborrecieron el color al que estuvieron condenadas mientras las madres las consideraron niñas y, desde luego, se negaron al diminutivo de Rosita bordado con poca fortuna en pañuelos o blusas. Sin embargo, como aún quedan mujeres a quien felicitar hoy (Santa Rosa de Lima), glosaremos la vida de la patrona del Perú desde 1668, que en 1670 ya lo fue de toda tierra firme de América del Sur, además de las Filipinas y las Indias.

Su historia rezuma ingenuidad, como fue su boda mística con el Niño Jesús, quien, cogiéndola de la mano, le dijo: «Rosa de mi corazón, sé tú mi esposa». Y ella respondió: «Seré tu esclava, mi Señor». Y tan en serio se lo tomó que se colocó una corona de rosas con espinas debajo de la toca, para que nadie advirtiera la penitencia. Además, cuando la corona se mustiaba y era preciso renovarla, hacía una trenza con su hermosa cabellera y se colgaba de unos clavos, de manera que los pies no tocaban el suelo.

Se cree que el Niño, compadecido de la loca penitente, se le aparecía con frecuencia a la hora de la labor (todas las religiosas bordan, cosen o tejen). El Niño se sentaba en el cestillo y jugaba con ella. Así los pintó Murillo, imaginándolos en el patio de un convento; lienzo (h. 1668) que se puede admirar en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid. También Valdés Leal (h. 1671) se inspiró en esas apariciones de Jesús Niño y añadió dos dados junto a la costura para alentar la imaginación: 'seguramente jugarían en algún momento...'

En la escultura yacente -obra de Melchiorre Caffá- de la catedral de Santo Domingo de Lima, Santa Rosa muestra con todo realismo la corona de rosas y espinas que llevaba escondida.

Los santos son de mucho cuidado.

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