Sánchez el débil

CÉSAR GAVELA

Pedro Sánchez es el gran protagonista de la decadencia del PSOE. Sólo el valenciano José Luis Ábalos, y algún otro líder podrán evitarlo un poco, ralentizar el proceso. El resto es tedio, ruido y vacío. Narcisismo enojado. Soberbia herida. Anhelo de venganza. Es decir, armas muy eficaces para lograr el eclipse del viejo partido que protagonizó, y para bien, la vida política española entre 1982 y 1995. El que liquidó el golpismo, nos incorporó a Europa y articuló infinidad de reformas democráticas. El mismo partido que tuvo un polémico regreso al poder con Zapatero, el actual recadero del dictador Maduro.

Ahora bien, hay que reconocer que Sánchez fue objeto de una traición enorme. Motivada, sin duda, porque sus autores conocían muy bien la inanidad del defenestrado. Del hombre 'No es No'; del hombre-cohete hacia la irrelevancia de un partido fundado en 1879. Y que ahora ejecuta su venganza día a día. Su último capítulo consiste en urdir una especie de autocracia en el partido, ninguneando a sus líderes regionales. En todo caso, se trata de asuntos orgánicos que suelen importar poco a la gente, porque lo que la sociedad española quiere saber es qué ofrece Pedro Sánchez.

¿Y qué ofrece? Durante muchos meses, pretendió centrar su discurso en la defensa de un modelo federal para España. Un modelo que, en gran parte, ya está en vigor desde hace más de treinta años. Porque las autonomías gestionan la práctica totalidad de la acción pública en materia de educación, cultura, sanidad, infraestructuras, acción social, etc. y no parece quedar mucho margen por ahí. Salvo que lo que se pretenda sea la ruptura de España; una meta imposible. Siempre lo fue, y ahora, tras la catástrofe catalana, más aún. La mayoría de los ciudadanos -requisito indispensable para modificar la Constitución- nunca apoyaría esas frivolidades.

Estos vaivenes revelan graves contradicciones. Por un lado, Sánchez parece buscar una especie de disgregadora España 'confederal' y por el otro, reforma el poder orgánico de su partido, que a partir de ahora será una pirámide casi autocrática, sometida al albur de su secretario general y de su obediente ejecutiva, lo que nunca ha sucedido ni siquiera en los tiempos de Felipe González. Son maniobras banales en la inanidad que no nos hacen olvidar lo principal: que el PSOE no tiene proyecto, ni tiene capacidad de convicción. Los votantes huyen a uña de caballo a Ciudadanos, no hay trasvase desde Podemos, y el porvenir del resucitado Sánchez se presenta muy oscuro. Es lo que hay. Cuando los partidos tienen líderes sólidos y creíbles, los efectos se notan por todas partes. Sin dirigentes capaces no hay política, ni discurso, ni confianza, ni nada. El fin político de Sánchez -segundo y definitivo- vendrá en las elecciones municipales y autonómicas de mayo del año que viene. Si aguanta hasta entonces.

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