Saltarse un semáforo en rojo

JOSÉ M. DE AREILZA

Rafa Nadal ha acertado más que muchos sesudos analistas al comentar la deriva del independentismo catalán. Hace unos días, tras vencer en el Open de Estados Unidos, fue preguntado por su parecer. En vez de evitar esta cuestión peliaguda, quiso opinar y dijo que «el referéndum de Cataluña no debe producirse». «Es como saltarse un semáforo en rojo». También añadió «es preciso hacer sentir a los catalanes que el resto del país quiere a Cataluña y que quiere que sean parte de lo que son, que es España».

Rafa no es solo un ejemplo de esfuerzo, modestia, genialidad y grandeza en el deporte, sino que desborda inteligencia y sentido común como ciudadano. La decisión de la coalición independentista de saltarse la Constitución y las leyes, ignorar a los jueces y fiscales y seguir adelante con un referéndum ilegal, es exactamente eso, pasar a sabiendas por un semáforo en rojo, poniendo en peligro bienes muy básicos para todos, desde la convivencia democrática a la vigencia de las reglas del juego consensuadas tras mucho trabajo. Supone volver a la exaltación de la voluntad colectiva, en la peor versión romántica, por encima de los derechos de los individuos y los instrumentos de la racionalidad y el pacto para mejorar la democracia. Tenemos demasiados ejemplos históricos cercanos en la historia europea de lo que ocurre cuando el populismo revolucionario entra en erupción.

De hecho en la actual UE no hay un Estado miembro que se libre de pulsiones antisistema de este tipo, desde ambos extremos ideológicos y, en casos como el nuestro, desde el nacionalismo excluyente. Por muchos errores que hubieran podido cometer distintos gobiernos democráticos desde la Constitución de 1978 en el desarrollo del modelo territorial, ante una deriva independentista plagada de rasgos autoritarios no hay equidistancia posible.

Pero Rafa Nadal va más allá y en sus escuetas declaraciones insiste tanto en el respeto al Estado de Derecho como en la importancia de los afectos entre ciudadanos de todo el país. Los vínculos de todo tipo (familiares, de amistad, culturales, empresariales.) entre Cataluña y el resto de España son tan numerosos, profundos y variados que nos debemos preguntar por qué en el pasado reciente no los hemos puesto más en valor y por qué estas millones de historias de conexión no tienen más visibilidad. Felipe González puso el dedo en la llaga cuando comentó: «Si hay un referéndum en Cataluña, yo quiero votar en él».

Nuestro país no se entiende, no es reconocible sin lo que aporta la realidad catalana. Ante el relativismo de los que apuntan que todo cambia y que los países son esencialmente artefactos históricos, cabe responder que depende de cada generación si cambiamos para mejorar o empeoramos. En nuestro caso, la pregunta acuciante es si permitimos la demolición de lo construido entre todos en los cuarenta mejores años de la historia de España.

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