Saldo de las Fallas

MIQUEL NADAL

No puedo morderme la lengua, y me resulta imposible eludir el pronunciamiento. Lo dice alguien que puede acreditar que en cincuenta y cinco años siempre ha estado en Valencia la noche de la 'cremà'. Como siempre el balance será estadístico, puramente cuantitativo, con la exhibición del operativo municipal utilizado, la basura recogida, los recursos generados, o las cifras de ocupación hotelera. En el balcón de la contienda política unos y otros recompondrán las cifras, pero poco se hablará del balance de las sensaciones sobre la perspectiva de esa otra parte de la ciudad que no forma parte de una Comisión. Me da la impresión que ha llegado el momento de parar y no continuar ésta inercia que nos conduce año tras año a la elefantiasis y a la muerte por éxito. Que la Fiesta y ésta ciudad son un privilegio para ese tipo de visita de paseo con fotografía acreditativa de que se ha estado en Valencia no cabe la menor duda. La cuestión es qué tiene que ver eso con la celebración de una fiesta Patrimonio de la Humanidad. Cuando yo era adolescente y en una falla de barrio, sin políticos ni turistas, la cuestión se saldaba entre falleros y vecinos y en cómo conseguir que después del 19 de marzo, y en la perspectiva de l'apuntà, el vecindario resultara seducido, sin demasiados reproches. Ni esquío ni soy de esas personas de epidermis fina que no soportan la incomodidad y abandonan la ciudad ante cualquier contratiempo. Pero entre políticos y falleros está el resto de la ciudad, la que no es protagonista en primer plano de la fiesta, la que no dimite de la ciudad ni es joven. La que no está con el sonómetro midiendo el ruido de las verbenas ni llamando a la Policía Local. La ciudad dispuesta al sacrificio por la ciudad y que desearía una perspectiva amable de la fiesta, y siente cómo año tras año se ve privada de la consideración de la fiesta como propia. Las Fallas, y sobre todo las Fallas entre las Grandes Vías, se han convertido en otra cosa sobre la que deberíamos reflexionar para evitar nuevas deserciones. Añadimos nuevos actos, cabalgatas, paradas moras, correfocs, y cada vez las calles se hacen más pequeñas, los monumentos más grandes, con más visitantes, y quizá sería el momento de marcar un listón en el aforo, límites en la obsesión por el gasto y en que nos visiten, total para acabar ofreciendo la salchipapa, el mercado de la falsa artesanía y la churrería de Dennys Canuto. No se trata de elitismo. Celebramos ser Patrimonio de la Humanidad, pero tanta Humanidad matará el Patrimonio. Solo hace falta convenir entre todos hasta donde queremos llegar. O unas Fallas que nos distingan, de las que sentirnos orgullosos cicerones, y al mismo tiempo vivir, o esa fiesta que se inicia con la Crida del año que viene, que se convierte en invitación al abandono de los propios para mayor gloria de la estadística turística.

Fotos

Vídeos