El saco del pan

Ya casi no hay bolsitas de tela, pero no tenemos perdón si usamos las de plástico pese al impacto que provocan

El saco del pan
VINCENT KESSLER / REUTERS
María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

De pequeña, recuerdo ir al horno con el saco del pan. Era una bolsita de tela en la que metíamos los panes que comprábamos, los conservábamos en casa y hasta guardábamos los que se hacían duros para recuperarlos como torrijas o rallarlos. Pocos pensaban entonces en las bolsas de papel o de plástico que usamos ahora. Pero ya apenas se ven sacos de pan. Ni siquiera en ese regalo tan de madres de las de entonces que era el conjunto de trapo de cocina, cogedor, delantal y saco de pan a juego. Sólo se encuentran en tiendas artesanales o alternativas que invitan a llevar una vida respetuosa con el entorno. Es ahí donde nos reencontramos con la generación de nuestros padres o abuelos porque muchas de sus opciones resultan de lo más razonables si queremos cuidar el planeta. Ellos no lo hacían por esa razón, sino por la posguerra, la crisis o porque siempre había sido así. Por eso no tenemos perdón si, siendo más conscientes que entonces del impacto de los envases que usamos, no nos esforzamos por minimizarlo o evitarlo.

La vuelta a los mercados, al producto de temporada, a la tienda de barrio o a la comida sin prisa son propuestas que ahora parecen muy modernas pero sólo están rescatando, con claves actuales, modos de vida antiguos más saludables que los presentes. Uno de ellos es el saco del pan, esa forma de evitar las bolsas de plástico tan contaminantes o las de papel que se tiran casi en cuanto llegamos a casa. El pan aguanta mal en la bolsa de papel, se reseca y se endurece. En cambio en la bolsa de tela o la panera que había en las casas hace cincuenta años, se conservaba bien. También es cierto que el pan de entonces era otra cosa y su duración era mayor y mejor que las de muchos panes actuales. En cualquier caso, cuando se hacía duro se convertía en pan rallado, aunque tuviéramos que estar los más pequeños rallando mendrugos de pan durante una mañana. Era el reciclaje, el aprovechamiento y la reutilización que pregonan ahora las campañas por una sociedad más 'verde' y respetuosa con el medio ambiente.

Otra de las iniciativas es la botella rellenable, de invención valenciana, que hemos conocido hace poco. Está hecha con materiales biodegradables para rebajar el impacto del plástico de las botellas habituales y puede recargarse en cualquier sitio. Ahorramos dinero y evitamos males mayores. En el fondo es la cantimplora de toda la vida que llevábamos de excursión. Aquella era de metal; normalmente acababa abollada y resultaba fea e incómoda. No me veo con ella en una reunión de trabajo, la verdad. En cambio esta botella de diseño y un tanto 'cool' parece lo más en un modo de vida 'verde'. Así, pues, les pedí a los Reyes Magos envases perdurables para desterrar definitivamente bandejas de poliuretano, botellas de plástico y bolsas de todo tipo. Me han hecho caso; ya tengo mi saquito de pan, mi botella-cantimplora y mi carro de compra nuevo. Los 70 son 'verdes'.

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