Sacar la basura

Arsénico por diversión

El problema no es que algunos se beneficien de lo que otros tiran sino que lo hagan sin ningún respeto a la convivencia

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Hace diez años. No estoy hablando de meses atrás ni de esta quincena. Hace diez años que en Londres ya tiraban la basura a partir de las siete de la tarde y había carteles que advertían de multas severas a quien incumpliera el horario y los días de recogida. Lo sé porque por entonces andaba yo en Islington y me fijaba para no guardar en casa restos durante mucho tiempo.

Ciertamente no estaban más avanzados que Valencia en todo. De hecho, era lógico lo del horario porque no había contenedores y las bolsas se depositaban en la acera. Así, era muy recomendable que nadie dejara una bolsa desde las ocho de la mañana hasta que la recogida de dos o tres noches más tarde. Por eso, es estupendo que el ayuntamiento de Valencia anime a los vecinos a tirar la basura entre las 8 y las 10 de la noche. Ahora bien, la campaña 'La revolución de la limpieza' con sus cuatro pilares -la basura, a última hora; el uso de las papeleras; la recogida de excrementos caninos y el reciclaje- no combate alguno de los problemas de limpieza con los que nos encontramos quienes reciclamos, usamos papeleras, recogemos los recuerdos de nuestro perro y procuramos tirar la basura sin molestar. Dentro del contenedor, quiero decir. Me refiero a que nuestros esfuerzos se ven contrarrestados con los de quienes sacan la basura. No quienes la sacan a deshora sino quienes la sacan del contenedor.

Entiendo que es un asunto delicado porque el 'buenismo' de algunas administraciones como la nuestra les impide perseguir algunos comportamientos de quienes rebuscan en la basura. Confunden a quien busca algo para comer -que resulta sangrante en una sociedad de la opulencia y debería combatirse con determinación- y quien busca para vender. El problema añadido es que quienes hacen esto último son mafias muy bien organizadas pero muy insensibles al rastro de porquería que dejan tras su búsqueda. El problema no es que algunos se beneficien de lo que otros tiran sino que lo hagan sin ningún respeto a la convivencia. Así, encontramos contenedores abiertos y sostenidos por una caja de cartón para poder rebuscar, que no vuelven a taparse; bolsas rotas esparcidas por la acera; cartones que no sirven o todo tipo de residuo poblando la calle. El único contenedor que se salva es el de cristal por razones de seguridad y porque no es útil lo que contiene. El resto es una vergüenza constante en Valencia y un trabajo extra para quienes barren las calles a primerísima hora. Nada dice el ayuntamiento sobre quienes ensucian así la ciudad y no para comer, sino para comerciar con el papel, el metal o la ropa. Por último cabe preguntarse si el horario que impulsa el ayuntamiento incluye a los restaurantes y bares. Ellos se permiten vaciar cubos enteros y cristal en horas insufribles para los vecinos sin ninguna amonestación siquiera. Pero tampoco el ayuntamiento se acuerda de exigirlo. Unos, por vips, y otros, por intocables.

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