RUZAFA Y LAS DESPEDIDAS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Los precios atractivos provocaron una bendita diáspora hacia el, hasta aquel momento, descascarillado barrio de Ruzafa. Jóvenes con ideas se instalaron en el barrio. Brotaron tiendas chulas, restaurantes de jugos machihembrados, baretos diferentes, galerías de arte dirigidas por artistas más o menos talentosos e incluso una sala de teatro hiperactiva que anima la ciudad.

Ruzafa, esa herencia de nuestra fértil morería, se convirtió pues en un hervidero que algunos se apresuraron en denominar como el Soho o el Village valenciano. La funesta manía de compararnos con los anglos... Y claro, con tanta sobrexposición, bombo y platillo, aterrizó en el barrio el batallón gregario que desea participar en las modas y sólo contribuye a apuntillar un fenómeno que nació espontáneo y acaso morirá de éxito. Porque cuando las despedidas de la soltería asaltan un barrio, inevitablemente lo tornan en birria. Las despedidas de soltero obedecen a un concepto harto birrioso; puesto que me caso, renuncio a los placeres de la vida y me impongo una gran juerga a modo de homenaje póstumo. Algunos creen, en pleno siglos XXI, que el matrimonio equivale a una cárcel de tedio y supone el final de la vida gozosa. El desfile de unas mozas celebrando su aquelarre de despedida tocadas por un cipote de goma como si fuesen unicornios grotescos de cine porno, o de unos mozos con barbita de hipster artificial travestidos de abeja Maya en idéntica romería, ofende el buen gusto en Ruzafa, el Bronx o el boulevard Saint Michel. El problema no surge de la robusta efervescencia de Ruzafa, sino de la profunda horterada de ciertas personas que deberían de celebrar (y tienen todo el derecho) sus destarifadas cuchipandas de caspa en polígonos habilitados al efecto. Salvem Ruzafa de las bárbaras hordas de las despedidas de soltería.

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