Un rotundo varapalo

El Tribunal Superior de Justicia ha puesto en evidencia la triquiñuela de Marzà

IGNACIO GIL LÁZARO

El Tribunal Superior de Justicia de la Comunitat Valenciana acaba de anular en parte el decreto de plurilingüismo por entender que atenta contra el principio de igualdad. Un rotundo varapalo se mire por donde se mire. Desde luego si el conseller de Educación tuviera una mínima vergüenza política debería haberse ido a su casa. Es el precio lógico a pagar por sus muchos desplantes anteriores ignorando a entidades, padres y profesores que le advertían del sesgo discriminatorio de la norma. Marzà, sin embargo, prefirió mantenerse atrincherado en su rancia concepción nacionalista. Un perfecto dislate semejante al que comenzó a instalarse en Cataluña décadas atrás con los resultados que en este momento amenazan la convivencia interna de la sociedad catalana y su entronque con el resto de España. Menos mal que aquí ha funcionado la división de poderes para frenar con arreglo a ley las desviaciones caprichosas del poder político. En este caso el Tribunal Superior de Justicia ha puesto en evidencia la triquiñuela de Marzà resolviendo que la necesidad de aprender ingles no puede ser coartada para forzar de hecho una discriminación paulatina de la enseñanza en castellano. Puro sentido común que ha pillado al conseller con las manos en la masa. Marzà quiso colar su pretensión lingüística excluyente por la puerta de atrás y los jueces lo han detectado a las claras. Por eso necesariamente algo tiene que decir Ximo Puig al respecto. No vale escurrir el bulto que es su técnica habitual. Situarse en plan 'reina madre' dejando que las consellerias y altos cargos dependientes de Compromís vayan a su bola constituye un método inútil salvo que el President esté dispuesto a vender su dignidad institucional por ese plato de lentejas que es la permanencia en el sillón a toda costa. Que Marzà sea un conseller peculiar no quita para afirmar que el responsable último de sus fiascos es el President de la Generalitat como jefe del Consell y también por mantenerlo en el cargo. Atacar la estabilidad del modelo educativo y el pacifico equilibrio idiomático del pueblo valenciano es una irresponsabilidad inmensa. Puig debe pues asumir y depurar las culpas correspondientes. Las propias y las ajenas. Tras dos años de ir tirando a base de autobombo, hoy el pacto del Botánic se asemeja cada vez más a un reparto del botín dispuesto en compartimentos estancos sobre los que el presidente del Consell intenta siempre pasar de puntillas para no molestar a sus socios ni pisar ningún charco. No cabe por tanto esta vez repetir la jugada de mirar lo ocurrido como si no fuera con él. La decisión del TSJ genera una situación que obliga al President a obrar en consecuencia. Marzà nunca debió ser conseller por razones obvias. Ahora no puede continuar haciendo de las suyas diga lo que diga Mónica Oltra o el lucero del alba. Una tesitura en la que Puig carece de margen para seguir poniéndose de canto. Le toca ya mojarse sin excusa.

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