DEL ROSA AL NEGRO

DEL ROSA AL NEGRO
ANTONIO VERGARA

En esta sociedad mediática, las causas más justas y nobles se contagian -por así decirlo- a la velocidad del destello de un relámpago. Y se convierten -también por así decirlo- en una 'moda' o corriente que dura hasta que nace la siguiente.

De esto modo, el objetivo primigenio comienza a oler a chamusquina y oportunismo cuando la bola de nieve crece y crece, con efectos imprevistos.

Es el caso reciente -aún no agotado- de los presuntos acosos sexuales denunciados por actrices, famosas o no, que han sido víctimas de ellos a manos, nunca mejor dicho, de productores de Hollywood u otros hombres del 'show bussines'. Las acusaciones se refieren a hechos sucedidos muchos años atrás (hasta veinte).

En España, sin embargo, no hay mujeres actrices que hayan alzado su voz como sus colegas norteamericanas. Deducimos, pues, que el varón hispano no tiene las manos tan ávidas de cebarse con ellas o sencillamente que no tiene manos, un caso extremo, desde luego. O que no existen grandes productores. O los que hay son santos varones y muy respetuosos de la condición femenina.

Cuando escribimos el 'efecto contagio' es en referencia a la primera irrupción de las actrices y estrellas vestidas de negro (por cierto, el color que marcan las pijas 'tendencias') para acusar al poderoso productor Harvey Weinstein -nacido en una familia judía- de atropellarlas sexualmente. Weinstein es el productor ejecutivo de 'El paciente inglés' -que tanto hizo llorar a las feministas más radicales-, 'Pulp Fiction' o la trilogía de 'El señor de los anillos'

Al poco, emergió un montón de modelos de pasarela solidarizándose con las señoras y señoritas de Hollywood. ¿Cómo manifestaron su apoyo? Desfilando vestidas de negro. Y los modelos masculinos con una prótesis en el rostro que simulaba la cara de un cerdo de pata negra (¿de jamón de Joselito o de Sánchez Romero Carvajal?).

Después vinieron los provincianos Premios Goya. Una penosa imitación de los Oscar de Hollywood. Unas cuantas actrices 'pisaron la alfombra roja' embozadas en exclusivos y carísimos vestidos 'solidarios y 'antimachistas'.

(Por cierto,¿nadie recuerda ya aquella mediocre película de Pedro Almodóvar, 'Átame', con Victoria Abril? No es precisamente feminista, pero sí femenina).

Penélope Cruz eligió un modelo del 'antimachista' Versace; a Goya Toledo la vistió Carolina Herrera New York; y a Marta Nieto, actriz que desconocemos, Teresa Helbig. ¿Algunas soluciones para erradicar la lacra del machismo? Permanecemos atentos al aparato (telefónico).

Y en eso llegaron los Premios Bafta que otorga la Academia Británica de Cine. Más luto de alto standing. Angelina Jolie (Ralp & Russo); Salma Hayek (Gucci); o Jennifer Lawrence (Dior), entre otras más.

Nos ha venido a la memoria histórica los lutos de las mujeres de Villar del Arzobispo -un pueblo que conocemos a la perfección-. Cuando fallecía uno de sus seres queridos guardaban en el armario ropero sus vestidos de distintos colores (del rosa al amarillo), o los tintaban de negro o compraban uno o dos, a bajo precio, modestos. Transcurrían muchos meses hasta que retornaban al colorido. 'Guardaban luto' por sus deudos.

Aquellas heroicas mujeres se comportan como James Stewart en 'Tierras lejanas' cuando la chica le pregunta cuántas camisas tiene. Y dice: 'La puesta, la de repuesto y la sucia'.

La llamada 'ideología de género', otra de las funestas ocurrencias de Zapatero, quien ahora está a partir un piñón con el dictador venezolano Nicolás Maduro ('cosas veredes, amigo Sancho'), es un intento de 'ingeniería social' de 'izquierdas' cuya vulgarización y retorcido uso mental por parte de amplios sectores de la sociedad, la ha transmutado en un cliché del que ningún varón se salva. Gracias a Zapatero es un mero insulto, como 'facha'. Ambas palabras se han generalizado caprichosamente. De manera abusiva. Todos los hombres no son Harvey Weinstein.

Es 'machismo' ceder el asiento a una señora mayor en el autobús. Un amigo, abogado nacido en los años cincuenta, amagó el gesto de abrir la puerta del restaurante a una treintañera, y ésta le espetó: 'No necesito que ningún hombre me abra la puerta'. La pérdida de las formas, la educación y la urbanidad es inaudita. Y la empanada mental más que preocupante porque puede cursar en odio indiscriminado.

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