Les robaban ellos

Ni siquiera la corrupción pasa factura en las urnas en Cataluña; dice mucho de una sociedad enferma

CURRI VALENZUELA

Era sabido pero la Justicia lo ha confirmado al fin. No es que España les roba, como dice el eslogan con el que ha prosperado el independentismo catalán. Se robaban ellos mismos y, para colmo, a muchos de ellos les parecía perfectamente normal. Y les sigue pareciendo. Dice mucho de una sociedad enferma, como está resultando ser la de Cataluña, que ni siquiera la corrupción pasa factura en las urnas a los corruptos. Al PP valenciano la Gürtel le ha costado el poder, pero el partido de Pujol, con las siglas cambiadas para disimular y ahorrarse el pago de las multas, acaba de revalidar el título de fuerza nacionalista más votada en su comunidad y tiene todas las papeletas para seguir gobernando.

La sentencia conocida ayer que cifra en 6,6 millones de euros el dinero desviado a Convergencia a través del Palau de la Música es ejemplar. Pero resulta sólo una muestra. Ya sabemos que el tesorero del partido y el presidente del Palau recogieron millones de empresas a cambio de concesiones de obras públicas, el 4%, según los condenados admitieron en el juicio. Es la punta del iceberg. Los Pujol están acusados de haberse llevado más millones aún a través de otros vericuetos. En unos casos por las concesiones de las ITV, en otros, cuyos detalles aún desconocemos, por los porcentajes que obtenían directa o indirectamente. Su rastro se pierde en Andorra, adonde llevaban los billetes a espuertas.

Una de las teorías más recurrentes con la que se explica en los mentideros de Barcelona por qué el nacionalismo moderado de Convergencia se tornó en independentismo radical es precisamente la de haber tratado de encubrir la desbocada corrupción que pudría a sus gobiernos cuando la Justicia, tan lenta pero tan eficaz como resulta ser en España, comenzó a descubrir lo que durante varias décadas habían conseguido tapar.

La teoría es plausible. Encaja con el odio desatado en Pujol hacia todo lo que huele a español desde que los tribunales empezaron a fijarse en él y en su familia y la deriva hacia posturas radicales del nacionalismo, que tan bien había vivido actuando de visagra con los sucesivos gobiernos nacionales de PSOE y PP. «Tu me apoyas y yo te dejo hacer allí lo que te de la gana», era el acuerdo por el que Felipe González y José María Aznar residieron en La Moncloa. Hasta que Rajoy consiguió gobernar con mayoría absoluta, Cataluña tuvo que apretarse el cinturón, como el resto de las comunidades autónomas, y Artur Mas se convirtió en el más ferviente partidario de la independencia. Para agradar a su mentor, Jordi Pujol, y para desgracia de su partido y de él mismo. Con un futuro penal incierto, la vivienda embargada, su partido destruido, quizás Mas lea la sentencia dictada ayer con una gran dosis de arrepentimiento. Ya es tarde: los que cobraron los millones a través del Palau lo van a pagar en la cárcel. Pero peor les va a ir a los catalanes que aún confían en Puigdemont porque creen que España, y no sus propios dirigentes, les roban.

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