EL RICO CHOCOLATE

Mª ÁNGELES ARAZO

La plaza de la Reina huele a chocolate. Hubo un tiempo en que deleitaba en determinados días festivos; luego, su aroma borró fechas y horarios, y actualmente se ha adueñado de la atmósfera. Han proliferado las cafeterías que lo ofrecen desde que el éxito de Valor ha alentado a quienes lo buscan, tanto jóvenes como mayores. La tradición chocolatera pertenece por derecho propio a La Vila Joiosa. También en Torrent se mantuvieron fábricas, pero la producción artesanal supuso para los vileros un claro soporte en la economía familiar y hoy alcanza con la firma Valor una industria de rango internacional.

Los primeros chocolateros conocidos en La Vila datan de la primera mitad del siglo XIX. El cronista José Payá Nicolau afirma que fue un italiano quien llevó una piedra de moler cacao en 1810. Lo cierto es que la labor prendió rápidamente y eran muchas las familias que trabajaban manualmente la mezcla de cacao y azúcar para calentarla al fuego de carbón y añadirle vainilla o canela, también molidas. Un documentado trabajo de Antonio Espinosa y Mª del Mar Linares señala que en 1860 ya existían 38 piedras de granito (conocidas como metafe) para molturar. Les sucedieron los molinos de tracción animal y luego los motores de gasóleo y eléctricos.

La primera envoltura de papel impreso en la fábrica Luis Vinaches e Hijos, 'La Perfección', así como la fotografía coloreada de Valeriano López Lloret (a quien llamaban Valor), calzado con alpargatas de careta y con indumentaria típica, dan cuenta de cuando empezó a comerciar esta firma chocolatera, que hoy anda por la cuarta y quinta generación, y son testimonio de aquel tiempo en que los vileros iban -a pie o en carro- por rutas distintas, para no entorpecer ni rivalizar en la venta unos con otros, dormían cada noche en un sitio y ofrecían las tabletas de casa en casa.

El Museo del Chocolate que instalaron los Valor en una finca de principios del siglo XX posee un gran carácter etnológico por sus colecciones de máquinas, carteles y murales cerámicos, en los que se admira la mancerina donde encajar la jícara de loza.

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