LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA

La voladura incontrolada de normas, códigos, costumbres, tradiciones y protocolos no nos va a salir gratis. ¿O acaso no se nota ya en Cataluña?

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Hay tendencias que van cambiando poco a poco la sociedad casi sin que nos enteremos. Termitas que hacen su trabajo en silencio. Pequeñas olas que parece que no dejan huella pero que lentamente erosionan la playa hasta transformarla por completo. No hablo de procesos de hoy para mañana, no me refiero a revoluciones tecnológicas cuyos efectos son tan evidentes como inmediatos sino a hábitos, costumbres y modas que al cabo de unas décadas dibujan un panorama social y cultural diferente al que conocíamos. La cuestión es averiguar si esos cambios hacen que la sociedad funcione mejor o peor, si consiguen que sea más justa, solidaria, libre y culta, en definitiva, más avanzada, o, por el contrario, representan una regresión, una derrota en nombre de una supuesta libertad de elección que no es tal.

Hay elementos que analizados independientemente no parecen tener demasiada importancia. Los códigos de vestimenta, por ejemplo, sería uno de ellos. Porque en realidad, si uno lo piensa con detenimiento, ¿qué importancia tiene el que un señor vaya a trabajar con traje de chaqueta y corbata o con pantalón corto y chanclas? Ninguna. O toda. No tendría ninguna si fuera un acto aislado, irreflexivo, propio de una persona que no piensa demasiado antes de actuar, o que opta siempre por la vía más cómoda, no por la más exigente. Pero sí que la tiene como parte de un conjunto de una nueva forma de comportarse en público que desprecia la herencia recibida de nuestros antepasados y que apuesta por un haz lo que te dé la gana y no hagas caso a nadie más que a ti mismo. Vestir de forma inadecuada, hablar demasiado alto en público, sentarse de cualquier manera, beber en la calle con la música a todo volumen, orinar en la vía pública, no respetar a los mayores, creer que los padres, como el Estado, son meros suministradores de servicios... Al final todas las piezas acaban casando.

La propiedad (de los demás) no es un derecho sino una imposición del capitalismo, la policía no es una fuerza de seguridad al servicio del Estado de derecho sino un cuerpo fascista represor, los jueces no son una garantía para los ciudadanos sino un instrumento de opresión, la Iglesia no es una institución sagrada que ayuda a millones de fieles a vivir su fe sino el opio del pueblo, la democracia parlamentaria no es la forma en que el pueblo soberano participa en los asuntos públicos sino una red corrupta de ladrones, los bancos no son un negocio y el mecanismo para proveer de financiación a empresas y particulares sino una estafa a gran escala consentida por los políticos. Podría seguir con todas y cada una de las instituciones, entidades, tradiciones, fiestas y costumbres que han configurado nuestras vidas. Hay una corriente subterránea, de ésas que hablaba al principio, que está cambiando la sociedad española, y me temo que no para bien. Estos días, entre los jóvenes de Cataluña, se está presentando en sociedad.

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