La retaguardia de la credibilidad

MANUEL CAMPO VIDAL

El mundo de la comunicación y del periodismo en particular sufre una agitación inusual en los últimos tiempos. Informaciones falsas, proliferación de opiniones ofensivas, noticias inventadas que casi nadie comprueba, injerencias de hackers, la postverdad como fenómeno instalado en el debate político y económico, eclosión de las redes sociales con toda su aportación de inmediatez pero con su crudeza vengativa... Es un mundo en profunda transformación activada sobre todo por el motor tecnológico de los nuevos instrumentos y por el motor político del ascenso de los populismos en todo el mundo en cualquiera de sus variantes, desde los nacionalismos a la ultraderecha o la ultraizquierda y desde los movimientos anticapitalistas a la xenofobia.

Frente a ese desafío, los medios de comunicación convencionales -prensa, radio y televisión, incluyendo en esta clasificación por supuesto a sus variables digitales- libran una batalla para no ser engullidos por la ola de desprestigio que en todos los países acecha al ejercicio del periodismo. Encuestas internacionales señalan un retroceso bastante generalizado de la consideración de los ciudadanos hacia la política, la banca, la empresa y la comunicación. Basta comprobar cómo en España el ejercicio del periodismo alcanzó un notable reconocimiento popular en la Transición democrática para retroceder sensiblemente en los últimos tiempos. Algo habremos hecho mal. Conviene reflexionar y rectificar.

¿Cómo recuperar posiciones? ¿Cuál es el camino para marcar las diferencias entre quienes ejercen el periodismo honestamente y los que se sirven de él? Con franqueza, solo divisamos la recuperación de la credibilidad como objetivo fundamental. Suelo explicar a mis alumnos de Comunicación que el capital del periodista no es otro que el de su credibilidad; esta afirmación vale para lo personal y por supuesto para los medios de comunicación. Una noticia se toma como cierta según quién la firme y según quién la publique. De leerla o escucharla en otro medio que no genere la misma confianza, invita a buscar comprobación. Edificar el prestigio de un profesional, o de un medio, es una tarea vital para ocupar un espacio de referencia en el ecosistema informativo. Excesos dialécticos, cruzadas de unos contra otros, obsesiones particulares llevadas al papel, a la palabra o a la imagen, desacreditan carreras profesionales y sellos editoriales. De infausto recuerdo fue la batalla en torno al juicio de los presuntos autores de la matanza en los trenes de cercanías de Madrid donde se debatía a diario desde unos titulares a otros sobre el tipo de explosivo empleado y sobre la supuesta conexión terrorista de los autores. Ni la sentencia judicial largamente esperada aplacó aquella disputa que aún hoy, de tanto en tanto, rebrota. Fue un gran ejercicio de pérdida de credibilidad, en primer lugar para los protagonistas de aquel debate interesado, pero sin duda el episodio erosionó a todos los medios. Y, más recientemente, las elecciones norteamericanas de 2016 o la crisis catalana en la que aún estamos inmersos han aportado ejemplos de manipulación informativa que denigran la profesión y algunos de los medios en los que se ejerce, públicos o privados.

La mejor defensa, si no la única, para proteger la confianza informativa en tiempos como los que vivimos, es volver a los orígenes: no admitir en las salas de redacción textos o piezas que no hayan sido comprobados. Cabría sospechar que ya no se enseña en las Facultades la necesidad de acudir a una segunda o a una tercera fuente junto con el mandato fundamental de abordar las informaciones desde distintos puntos de vista. Hay que resistir la tentación del titular agresivo que no se sostiene, combatir el sensacionalismo que quizás genere audiencia inmediata, pero que a la larga socava los cimientos de la credibilidad. Esa es la cuestión: sobreponerse a la tendencia general y hacerse fuertes en la retaguardia de la credibilidad.

Fotos

Vídeos