Respirar de la política

MIQUEL NADAL

Si hay algo en lo que coinciden punto por punto, como en un eje simétrico izquierda y derecha, la vieja y la nueva política, es en la falta de grandeza, en la insistencia atroz en la reformulación constante del rencor, en confundir la sabiduría con la distinción entre amigos y enemigos, en la procura de unas lentes que aseguren la conformidad de nuestra visión ideal del mundo con la realidad. Sorprende que eso sea así en creadores y escritores, gente de la cultura. No es, por supuesto, que no se puedan tener ideas políticas, y que cada cual no deposite en un altar y en una urna sus ideas. Me refiero a lo otro. El protagonismo exagerado de la contienda. La capacidad de las ideologías políticas para asfixiarnos, atornillando las posiciones a ideas preconcebidas, a argumentos entumecidos en los que palabras o conceptos como el perdón, la piedad o la compasión desaparecen y dan paso al falso conformismo del ajuste de cuentas, y la incapacidad para que pensemos libremente, sin las muletas, ni las muletillas, de un debate político que no sabe salir del «y tú más». La semana de su muerte veo un documental sobre la vida de Simone Veil, primera mujer ministra de Francia, primera presidenta electa del Parlamento Europeo, con decenas de liceos y lugares con su nombre, y una calle en Valencia innominada esperando a recibir su nombre. Hay una bondad y una grandeza discreta y sutil en esa política que permitía respirar y fue capaz de edificar el consenso en la construcción de la nueva Europa después de la segunda guerra mundial. Nadie podrá decir que Simone Veil fue cómplice de la negación del Holocausto, ni del olvido, ni comprometida con sus ideas. Por eso en la comparación no creo que seamos mejores que ellos. Uno de los últimos reconocimientos fue su entrada en la Academia Francesa, ante tres presidentes de la República, para ocupar, como le decía afectuoso Jean D'Ormesson, el sillón de Racine, «Racine, Madame, Racine», el autor preferido de su padre, arquitecto judío, muerto junto a su hermano en Lituania. Su madre murió en Auschwitz. Mirando las escenas de ese reconocimiento de Estado, con toda su familia, uno no tiene que preguntarse de donde viene la bondad. Mirando las cosas que pasan entre nosotros uno no sabe identificar de donde nace tanto rencor, tanto odio y tanta política pequeña. Lo contaba uno de los personajes de Philipp Roth, otro Príncipe de Asturias como Simone Veil: la política es generalizadora y el arte singular. No se puede ser artista y renunciar al matiz, como no se puede ser político y permitir los matices, que son junto con los sentimientos, el desorden, o las contradicciones, la despensa del escritor. En caso contrario es propaganda. Con buenas palabras, pero propaganda al fin y al cabo. La política creadora suma y permite el auténtico progreso. El de Simone Veil con las mujeres, y denunciando el antisemitismo. Sin calle en Valencia.

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