Repúblicas coronadas

Repúblicas coronadas
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El título describe bien la tesis de Sieyès para la Constitución francesa de 1795: una forma de Estado republicana pero con trazas monárquicas. Propuesta que dejó vía libre a Napoleón, quien asumiría el poder de la república coronada francesa, denominada Consulado, tras del golpe del 18 de Brumario y la Constitución de 1789. El camino estaba despejado hacia el imperio. Toda voluntad de mantenerse indefinidamente en el poder tiene necesariamente un trasfondo imperialista.

Las revoluciones americanas de finales del siglo XVIII y finales del siglo XIX entendieron muy bien el problema del atractivo del poder. «El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente», diría unos años después Lord Acton. Por eso las Constituciones fundacionales americanas se preocuparon desde el inicio en separar poderes y, lo que es más importante, limitar el mandato del presidente. Al fin y al cabo era el presidente quien podía estar más tentado a mantenerse indefinidamente en el poder, como lamentablemente se ha demostrado en decenas de ocasiones. O a regresar al poder. Hace más de cien años la Constitución de Querétaro dio un paso definitivo hacia el límite al poder del presidente en su artículo 83: «El presidente durará cuatro años en el poder y nunca podrá ser reelecto». Se trataba de un explícito límite al periodo presidencial con voluntad de erradicar potenciales líderes mesiánicos.

Pero hete aquí que un día llega un señor llamado Daniel Ortega, presidente del segundo país menos desarrollado del continente americano después de Haití, y decide que el pueblo de Nicaragua lo merece permanentemente como presidente, aunque casi dos décadas de su gobierno no hayan sido suficientes para sacar al país del subdesarrollo más acuciante. Pero en vez de someter al pueblo la Constitución para conocer mediante referéndum si realmente está de acuerdo o no con la reelección indefinida, sencillamente acude a la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia que, como no podía ser menos, obedece al régimen. En una sentencia de 2009 que haría sacar los colores a un alumno de primero en la Facultad la Sala determina que allí donde la Constitución limita el periodo presidencial realmente no lo hace, porque conllevaría inculcar el derecho del ciudadano Ortega a presentarse una y otra vez, y así las veces que quiera.

Puesto que las mañas para mantenerse en el poder se aprenden instantáneamente sin importar que los gobiernos digan ser derecha o de izquierda, unos años después el mismo ardid leguleyo fue asumido por la Corte Suprema hondureña, que en 2015 determinó la 'inaplicación' de la prohibición constitucional de repetir en el cargo a la presidencia de la República. Lo que conllevó a que Juan Orlando Hernández fuera recientemente reelegido presidente a pesar de la prohibición expresa de la Constitución hondureña. Reelección, por cierto, a través de unas elecciones bajo sólidas sospechas de fraude declaradas por todos los observadores internacionales, y que incendiaron el país y generaron duras protestas durante semanas.

Nicolás Maduro ni siquiera necesitó de sentencia alguna para declararse líder supremo, aunque no hubiera sido difícil conseguirla puesto que la Corte Suprema de Justicia le rinde tributo inquebrantable. Su decisión fue más allá: convocar una constituyente de amigos y seguidores del régimen madurista que declarara un permanente estado de excepción y se arrodillara a sus requerimientos; por supuesto, sin preguntar una sola vez al pueblo. Estas formas de mesianismo parten del mismo discurso: hablar en nombre del pueblo, pero sin el pueblo. Son nuevas variantes de despotismo ilustrado, desubicadas cronológicamente pero totalmente destinadas a que determinados actores permanezcan en el poder al precio que sea.

Muchos pensaban que el presidente Evo Morales podía actuar de igual forma. No era mi caso. Siempre creí que el presidente Morales entendía la relación entre gobierno democrático y pueblo, la antigua consigna del constitucionalismo democrático resumida en el concepto de mandato popular: «El pueblo manda, el gobierno obedece». Entiendo que me equivoqué. A finales de 2017 el Tribunal Constitucional Plurinacional boliviano, en una corte que estaba a punto de extinguirse, declaró unos días antes de su relevo que el presidente Evo Morales tenía el derecho permanente de ser reelegido, aunque la Constitución de 2009 expresamente dijera lo contrario y a pesar de que el pueblo boliviano, el 21 de febrero de 2016, cuando se le preguntó expresamente si quería levantar la prohibición de la reelección, votó expresa y mayoritariamente a favor del No.

Las repúblicas americanas fueron fundadas con esa naturaleza: republicana. Pero, si nadie -llámese Corte Interamericana- lo repara a tiempo, por vía de la tergiversación de la Constitución y de la desobediencia hacia la voluntad del pueblo podrán abandonar la senda del republicanismo democrático para convertirse en imperialistas repúblicas coronadas. Y eso auguraría un oscuro periodo de erosión democrática en el continente.

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