El remolino

Aparece cada vez que Albert Rivera saca un cartelón de la Transición para que le contagie sus valores

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Este país a veces parece atrapado en un bucle de los setenta que le impide avanzar. Es como un remolino en la orilla de la playa durante una tarde de poniente. Creemos estar fuera del agua, pero la corriente nos arrastra hacia dentro con una fuerza inexplicable. Eso ocurre cuando nos refugiamos en el pasado porque nos da sentido. Aparece cada vez que Albert Rivera saca un cartelón de la Transición para que le contagie sus valores. Ayer mismo lo hizo en el Congreso con un mensaje electoral protagonizado por un Felipe González jovencísimo. Alguien debería decirle que cambiara las formas. Es evidente que está haciendo un esfuerzo ímprobo por presentarse como la reencarnación de Adolfo Suárez pero su insistencia desnortada y sus formas rústicas no le favorecen. Ya sabemos todos que lo pretende pero ni es Suárez ni a los jóvenes les dice nada su figura. Es una referencia para los niños del 'baby boom', que ya nos acercamos a la cincuentena, y sus papás. Los adolescentes de ahora, con suerte, lo han estudiado en bachillerato y punto. Además, el empeño por usar los pósters de la Transición desde la tribuna del Congreso es demasiado vintage. En la era multipantalla, Rivera saca el cartón pluma con propaganda de los 70 en un intento desesperado por tomar una de las puertas del 'Ministerio del Tiempo'. Solo le falta el traje beis ajustado con pata de elefante.

Quizás se han juntado demasiados 'revivals' en las últimas horas, con el recuerdo de las primeras elecciones democráticas; el rey emérito reclamando que los homenajes saben mejor en vida, y el Parlament de Cataluña declarando nulos los juicios franquistas. El recuerdo de los hitos de nuestra historia es siempre necesario como reconocimiento a quienes lo protagonizaron y sus beneficios. Sin embargo, hay homenajes espontáneos que tienen más impacto por la naturalidad con la que se presentan. Sucedió con la muerte y entierro de Adolfo Suárez. Fue una toma de conciencia colectiva de que aquello, y aquel político denostado durante demasiado tiempo, fueron una suerte para España. El efecto de su desaparición, como sucederá cuando ocurra la del rey emérito, es un aldabonazo más consistente que los aniversarios redondos -sean de 40 o 50 años- de las primeras elecciones. En cualquier caso, lo más importante es la lección para el presente y en eso no parece que hayan aprendido mucho sus señorías.

La queja real es natural si bien parece indicar dos líneas divergentes entre el regente y el emérito. Todo homenaje de los españoles por su dedicación a España y su contribución a la convivencia, en paz y en democracia, es poco. Tenerlo presente es un modo de situar el pasado en su justa medida. Y lo del Parlament, en cambio, aun siendo necesario, parece más un empeño por mover los rescoldos que un paso adelante. Anclarnos ahí, como Rivera en la España previa a la 'Movida', es subirnos a la rueda del hámster y no querer bajar.

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