RELATO DE UN DELIRIO

Héctor Esteban
HÉCTOR ESTEBANValencia

La historia del nuevo Mestalla es el relato de un disparate. De los delirios de un Valencia que se creyó lo que nunca ha sido. Este equipo ni es el Real Madrid ni es el Barcelona. Ni debe serlo. Aquí el impulso es otro, de barro, de cuerpo a cuerpo. El Valencia siempre ha sido bronco. Tosco. De guerras, de partirse la cara para levantar algún trofeo de década en década fruto del exceso, de dejarlo todo en el terreno de juego para hacer posible lo utópico. Así vinieron las dos últimas Ligas y todos lo anteriores éxitos. Aquellos triunfos fueron el espejismo necesario para construir un castillo de naipes, tan frágil como la maqueta de aquel estadio de ricos, propio de un club que no supo medir su realidad. La virtualidad del nuevo Mestalla que floreció ayer es la quinta de un proyecto que ya encadena dos décadas. Al Valencia de Soler y Soriano no les gustó ninguna de las maquetas que se presentaron a concurso. Ganó la de Arena pero no era suficiente para colmar el capricho de Soler. Como aldeanos descartaron las ideas de multinacionales para encargar un delirio, un proyecto acunado por las mayorías absolutas que el paso del tiempo convirtió en humo. El brillo de aquella piel exterior cegó la cordura. Después llegó Newcoval y su estadio de la cubierta azul. Una maqueta que nunca vio la luz pero que existe. Newcoval perteneció a la cultura del pelotazo y a la presunta corrupción. Un proyecto maquinado por el exministro Rodrigo Rato, entonces presidente de Bankia, que buscó un constructor amigo para lograr un dinero de destino desconocido y poco claro. El banquero y el empresario desfilaron ante la Guardia Civil para aclarar y declarar sus intereses en el nuevo Mestalla. El Valencia fue parte también de la peste de la presunta corrupción. Y el último en salir fue Amadeo Salvo, junto al arquitecto Marck Fenwick para aligerar el coste de un estadio que mantuvo la cubierta pero con aspiraciones más modestas. La construcción del nuevo Mestalla fue el gran reclamo para acelerar el proceso de venta y se convirtió en manos de Peter Lim en una obligación que mutó en compromiso sin fecha. En la pasada junta de portavoces, la entonces presidenta, Layhoon Chan, echó un jarro de agua fría sobre un proyecto que LAS PROVINCIAS ya apuntó que no tenía fecha ni línea de meta. Ahora surge un nuevo boceto, alejado totalmente de aquel mastodonte dibujado en los tiempos de vino y rosas. Ahora el centro es el aficionado, el nuevo actor principal del estadio. Más allá de los discursos de marketing, el Valencia lo que tiene que tener claro es que la grada no va a perdonar más mentiras ni falsas promesas. No hay más oportunidades. Y como dijo el hijo de Arturo Tuzón, Lim debe tener presente que en Valencia se queman fallas.

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