Reivindicar la dependencia

MIKEL LABASTIDA

No se quieren, no se aguantan, no se soportan. Todos hablan de independencia. Es la palabra. La que más se repite en escenarios dispares. Amenazan con irse lejos, con separarse, con dejar atrás. Corren días en los que se sueña con desligarse, con desunirse, con desvincularse. Algunos afirman contundentes que no existen más opciones. No verían diferentes salidas aunque estuviesen anunciadas con luces de neón. Si no se mira, no se ve, eso es imposible. Los otros pretenden retenerles a la fuerza. Sin mimos, sin caricias, sin conversaciones. Y así no. Así es imposible generar una buena relación, o la necesidad de estar juntos pase lo que pase.

Mientras unos reivindican la independencia, hoy vengo aquí a defender la dependencia. ¿A qué? Ahí vamos. A lo importante. A los amigos. A los que ves cuando puedes o pueden, sin que nadie recrimine lo que has hecho o has dejado de hacer. A esos con los que es posible resolver el mundo, mientras se te acumulan los botellines vacíos de cerveza sobre la mesa y las horas en el reloj. Con los que compartir dramas, confidencias de medianoche, sueños que nunca se realizarán (y qué más da). Amigos que te hacen reír, que encuentran la carcajada allá donde el resto del mundo nunca sería capaz de verla. Eso nos une, eso nos genera dependencia.

Vengo aquí a apostar por la dependencia a la familia. A los miembros que no elegimos, que ya estaban ahí cuando tú llegaste o que vinieron sin que nadie te consultase. A esos a los que muchas veces no comprendes, a los que en ocasiones te cuesta soportar. Con los que tienes poco que ver más allá de un detalle físico y de gestos que cuesta controlar. Son esos de los que dependes, no porque la sangre obligue o porque el apellido te ate a ellos como un yugo, sino porque te dispensan un cariño difícil de explicar, y te dedican una atención que va más allá del compromiso. Porque con ellos no existen obligaciones, ni pretensiones, ni falsas apariencias. Ellos te han visto crecer, te han acompañado en ese camino y aunque a veces te han pesado como una losa son capaces de producirte una dependencia de esas a las que cuesta renunciar.

Dependencia a las personas que se te cruzan en la vida y con las que peleas por ser mejor; con las que buscas horizontes y sabes que, aunque tarden en conseguirse, terminarás alcanzándolos; con las que lamentarte cuando se te tuerce el rumbo o eso a lo que llaman destino, que no siempre sale como habías previsto. Dependencia de charlas al final del día, de llamadas que no esperas, de mensajes que te invitan a continuar, de abrazos que con suerte pueden durar toda una noche.

Cuando depender no entraña problemas, no molesta, no estorba, no te convierte en víctima. Cuando depender suma, no resta. Hoy vengo a reivindicar eso.

Fotos

Vídeos