REGRESO A 1975

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Como si no hubieran pasado más de cuarenta y dos años desde la muerte del general Franco, como si España no hubiera evolucionado desde entonces, transformándose radicalmente hasta convertirse en un país con servicios, infraestructuras e instituciones como las de los estados más avanzados de Europa, regresamos en algunos asuntos al punto de partida, a 1975. Primero, por el debate territorial, con el problema catalán por una parte (los ingenuos que esperaban soluciones rápidas y duraderas ya ven que va para largo) y, por la otra, el vasco, que reaparece tras conocerse que el PNV plantea una reforma del Estatuto que incluya el «derecho a decidir» y la bilateralidad con el Estado. Segundo, por la enésima ofensiva de la izquierda moderada, en clara competencia con la radical, por la mal llamada «memoria histórica», que a estas alturas ya nadie duda de que se trata de un simple ajuste de cuentas ochenta años después y que además sirve principalmente para rearmar ideológicamente a los más fieles y para desviar la atención. ¿Desviarla de qué? Pues precisamente de esa cuestión territorial en la que tanto el PSOE como Podemos no se sienten ahora muy a gusto. Y no lo están porque mientras las encuestas señalan que entre los ciudadanos crece la tendencia recentralizadora que limitaría el poder y las competencias de las autonomías, los socialistas (más bien los ‘sanchistas’) abogan por una reforma de la Constitución para avanzar hacia un Estado federal y los podemistas mantienen una ambigüedad que ya se ha visto el catastrófico resultado electoral que les ha reportado en Cataluña.

Explicaba recientemente el historiador Stanley Payne, en una entrevista en El Independiente, que a España le habría ido mejor si en lugar del ‘café para todos’ se hubiera organizado territorialmente «con la misma administración política pero con una cierta autonomía local en la administración técnica». Aunque esto, según su versión, no fue posible porque lo impidieron «las presiones de los partidos de izquierdas». De la necesaria descentralización administrativa se pasó a las autonomías y de éstas al ‘café para todos’. Y ahora, el PSOE apuesta por un federalismo que tampoco servirá para frenar las ansias soberanistas de los nacionalistas.

Cuatro décadas de modelo autonómico para regresar al punto de partida, y cuatro décadas de convivencia en paz, libertad y progreso para volver a hablar de indemnizaciones a las víctimas del franquismo, nombres de calles y el Valle de los caídos. Dentro de cien años, cuando los historiadores estudien esta etapa, tal vez llegue el momento de depurar la responsabilidad de la izquierda de este país por su interesada connivencia con los nacionalismos periféricos y su interpretación parcial y sectaria del siglo XX.

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