Una reelección no descartable

JOSÉ M. DE AREILZA

La presidencia de Donald Trump tiene como principal característica ser altamente impredecible. En su caso, no sirven las categorías y los análisis que se han aplicado hasta ahora para estudiar a los ocupantes anteriores de la Casa Blanca. La llegada de Trump al poder fue considerada por muchos sorprendidos (entre otros, el arriba firmante) como una vacuna frente al populismo y al nacionalismo, un ciclo que haría aguas al cabo de cuatro años. Después, Estados Unidos retornaría a su senda de pragmatismo y recuperaría su liderazgo internacional, una vez había conocido dichos excesos identitarios y pagado un precio significativo por el experimento. Sin embargo, empieza a haber señales de que la reelección de Donald Trump en los comicios de 2020 es posible. Queda una eternidad, en tiempo político, hasta que pueda ocurrir, pero conviene explicar las razones para no poder descartar esta opción.

Estamos ante un presidente al que solo le gusta ganar y que ansía el reconocimiento y el aplauso por encima de cualquier otro resultado. Nada más estimulante que demostrar una vez más lo equivocados que estaban los que dudaban de su capacidad de alcanzar un segundo mandato. Trump se compara continuamente con Barack Obama, normalmente para hacer lo contrario que él, pero esta vez querría igualar sus ocho años en el poder. De hecho, el mismo día en el que inauguró su presidencia se registró oficialmente como candidato republicano para competir en 2021. Ha tomado dos medidas que satisfacen a los votantes conservadores: la elección de jueces con esta inclinación ideológica y la reciente reforma fiscal, beneficiosa para las empresas. Lo normal sería que a pesar de estos logros, el Partido Republicano reaccionase ante la pérdida de dignidad de la figura del presidente. Pero esta formación política carece en este momento de rivales creíbles que puedan competir en las próximas primarias. Tan solo Mitt Romney, perdedor frente a Obama en 2012, ha anunciado que vuelve al Senado.

Mientras tanto, la radicalidad extrema de Trump y su desprecio a los hechos y las reglas del juego de la democracia no le pasan suficiente factura entre sus votantes. Del lado demócrata, sigue sin aparecer un líder que resucite al partido, lo centre y al mismo tiempo conecte con la 'América olvidada' que el presidente dice representar. Es cierto que este otoño se celebran unas elecciones legislativas en las que los demócratas pueden recuperar la Cámara de Representantes y, desde ahí, hacer una oposición más creíble. El ciclo económico favorable también es susceptible de un cambio brusco, por el desmedido endeudamiento público. Las investigaciones en curso sobre la interferencia de Rusia a favor de Trump en 2017 son igualmente capaces de complicar su primer mandato. Por no mencionar la continua deriva temperamental del presidente, que le podría llevar la hartarse de jugar al golf solo dos días por semana

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