Rectificar es de concejales

PEDRO ORTIZ

Es posible que rectificar sea de sabios, pero en la mayoría de las ocasiones rectificar es sencillamente subsanar un error cometido con anterioridad. El Ayuntamiento de Valencia es un gran corrector de sí mismo, ya que resulta muy frecuente que recule porque muchas de sus decisiones las toma sin el debido sosiego. Es rectificar por un error, que no por sabiduría.

Ribó y los suyos entraron en el Ayuntamiento como un pirotécnico loco en una cristalería. Petardo a petardo fueron quebrando cristales: que si las reinas magas, que si las señales solo en valenciano, que si los semáforos con muñecas además de muñecos, que si Valencia ya es únicamente València, que si el intento de prolongar durante unos años el salario de los concejales después de dejar de serlo. Isabel Domingo compiló hace un par de días las muchas correcciones que el Gobierno municipal ha efectuado respecto a sus iniciativas y especialmente las de dos de los concejales, Fuset y Grezzi, que ya se unen para siempre en las crónicas como González y Guerra, Chaves y Griñán o Rull y Turull.

En el programa de los ganadores constaba aquello de empoderar al pueblo contra la casta, rescatar a los pobres y cabalgar contradicciones, que debe ser la promesa más cumplida. Profundizar la democracia, creo que también, que ya es desviarse para las necesidades de un ayuntamiento. Pero ganaron. Un PP socarrado y un Ciudadanos en subida insuficiente permitieron que los otros tres partidos unidos alcanzasen el Gobierno municipal. Valencia entró a formar parte del club que se ha dado en llamar de ayuntamientos del cambio. Y vaya si han intentado cambiar, incluso lo que no debería haber sido alterado.

Modificar lo que necesita ser modificado no significa dar un giro de 180 grados y mucho menos en un ayuntamiento cuya función esencial debería ser la de procurar a sus vecinos bienestar y comodidad. Por ejemplo, construyendo carriles bici, aunque personalmente creo que ha habido un exceso; o talando árboles a escape de motosierra libre, aunque tampoco nos guste a casi nadie. Los árboles o los carriles para bicicletas sí son parte de sus cometidos. Pero un consistorio, que se debe a la prosa de la política, nunca debería entrar en cuestiones ideológicas. En la ideología de intentar controlar cómo tratan a la mujer las fallas en sus monumentos o cuáles son las canciones machistas que no deben pincharse en las verbenas, por poner dos ejemplos. O silenciar las campanas de San Nicolás, con la excusa de que sus toques molestaban a un vecino. O escamotear con frecuencia la bandera o el himno de España. «Las rectificaciones han sido una constante a lo largo de la legislatura», asegura Giner desde la oposición. Menos mal. Menos mal que la presión de los vecinos les ha hecho corregir; ha sido en las rectificaciones cuando han acertado.

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