LA RECONQUISTA

Las Fallas, o tienen su entraña en el barrio o no son nada: deben retomar el afecto del comercio y la hostelería

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Lo sabemos porque es tradición: la pequeña fiebre de reflexiones sobre la fiesta fallera no dura más de una semana. Jesús Hernández, presidente de la Interagrupación de Fallas, quizá la cerró el viernes, con sus declaraciones. De modo que estas líneas no serán más que un vano intento de prolongación de lo que debería ocupar a los responsables, en un congreso serio, toda la primavera. Por encima de Facebook, o de la doble vara de medir los escándalos políticos, me meto, pues, en el lío de la fiesta grande de mi ciudad porque creo que le va en ello... la imagen. Es decir, la bolsa y la vida.

Las Fallas, a mi parecer, no son ahora más desbordantes que años atrás. Cuando la Ofrenda apenas tenía diez años de vida ya se escribía en este periódico un alarmado «dónde vamos a parar». Cuando nacieron los Paradores -fulgor y muerte- también había alarma periodística por su magnitud y su «exceso». Lo que ocurre es que la ciudad de cada momento, en marzo, se pone a prueba de resistencia, se engorda hasta poner en riesgo su salud. Para comprobar que los efectos del exceso no le gustan... y engañarse luego diciendo que son inevitables.

Pero habrá que evitarlos. Alguna vez -y escribo en la misma línea que hace cuarenta, treinta y diez años- habrá que atreverse. Por ejemplo para autolimitar -la imposición municipal no me gusta- el número de comisiones, la concurrencia a la Ofrenda, la extensión y número de carpas... y esa presencia enfermiza de toda clase de mercachifles, que arruina la imagen de una ciudad civilizada y convierte Valencia en un aduar.

El señor Hernández hace un discurso legítimo, pero creo que equivocado: las comisiones necesitan más dinero público a cambio de no afear la ciudad. Ese silogismo, que lleva al borde del chantaje emocional, no es de recibo. La Fiesta no mejora porque instala churrerías delante del museo donde el visitante puede ver la Taula de Canvis; la fiesta mejora cuando, además de las fallas, inducimos al turista a que conozca mejor a un pueblo que sabe hacer grandes fiestas porque antes tuvo una Taula de Canvis.

¿Comida popular? ¿Camionetas y buñolerías móviles? Claro que sí. Pero en su sitio. En una feria instalada en un punto que la Interagrupación está obligada a buscar. No, desde luego, en las plazas y avenida 'sagradas' de la ciudad.

Lo curioso es que si tomamos la declaración de las Fallas como bien Patrimonio de la Humanidad es muy fácil encontrar las soluciones. La falla se debe al barrio, se nutre del barrio. O es la entraña de su barrio, o la falla no es nada: fiesta para unos pocos que podría radicarse aquí o allá. Luego es preciso reconquistar la adhesión y colaboración del comercio y la hostelería del barrio. La pérdida de ese calor de barrio es lo único que ha alterado el rumbo de la fiesta en los últimos setenta años. Pónganse las pilas...

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