El rapto de las Sabinas

Marcador dardo

La defensa sentimental del proceso es ajena a la Ley. Y decirlo no implica ser partidario del desfile de la Legión por la Diagonal

MIQUEL NADAL

Escribir y opinar con ello es un privilegio, alejado de cualquier sospecha de conspiración o de soberbia. Uno opina, si le dejan, y aquí me dejan, sabiendo que no descubre nada nuevo. Todo está ya escrito. Quienes comenzamos a estudiar Derecho con la Constitución de 1978, y luego la explicamos, sabemos que el proceso se sitúa al margen de la legalidad, y resulta una rotunda vulneración de la Constitución. No hace falta fervor constitucionalista. La defensa sentimental del proceso es ajena a la Ley. Esto es otra cosa, y decirlo no implica ser partidario del desfile de la Legión con la cabra por la Diagonal. Cierto es que la deriva podía haber sido antes laminada con efectos balsámicos, y el conflicto lo hará difícil. En clave valenciana, lo peor de todo es la sombra de sospecha que el proceso deslizará sobre nuestras legítimas reivindicaciones, y la asimilación injusta de un rotundo, sereno y leal autonomismo y de ejercicio del autogobierno a lo que acaba de suceder. Otra cosa bien distinta son los elementos que nadie cita en un proceso, con una vertiente clara de conflicto nacional, pero que también tiene su parte de izquierda y derecha. Con la proclamación de la II República se gritó el Visca Macià, Mori Cambó! La manera en que la burguesía y las élites han jugado a la equidistancia, identificando solo los errores notorios ajenos, supone no advertir lo que en este proceso también existe de secuestrar la trayectoria histórica del catalanismo, creyendo que el pacto con el mundo radical será suficiente para salvar las escrituras de la propiedad, y la segunda residencia. El Centrum en Alemania en los años 30 del siglo XX también lo creyó. Contener el dique del mundo antisistema pensando que el proceso supone la fundación de una Catalunya republicana, moderna y benéfica frente a la España borbónica de Belén Esteban no es más que otra caricatura. Contaba Josep Pla en su libro sobre Cambó que en el verano de 1905, cuando don José Echegaray asumió la cartera de Hacienda en el Gobierno de Montero Ríos, y se quejaba del calor por tener que tomar posesión en agosto, y le replicara el periodista lo fresco del edificio del Ministerio, el premio Nobel le contestó: «Disculpe amigo, pero al aceptar yo la cartera de Hacienda, aquí la única frescura es la mía». Dejando a un lado lo genial de la respuesta, Pla exhibía dicha frívola actitud como típica del falso y retórico aparataje de la política española de la Restauración, frente al papel serio, reformista y regenerador del catalanismo del lema de Prat de la Riba, 'Per Catalunya i l'Espanya Gran'. Escribía Diderot en sus Escritos Políticos, como vicio de la política: «Convencer a los ciudadanos que el mal que se hace a los vecinos es por el bien de sus súbditos. Raptar siempre a las Sabinas». Sin Sabinas, la política estéril nos ha raptado la serenidad.

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