RAPSODIAS Y TRINOS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Parece que los celosos vigilantes de la causa sexista pretenden prohibir merluzadas como las tarareadas por el tal Luis Fonsi o el hijo espabilado de Julio Iglesias. El alto tribunal que juzga y sentencia los posibles arrebatos sexistas fomenta listas donde se erradicarían estas cancioncillas tan melonas. O sea, regresar a la censura. No observamos tanto melindre cuando un rapero de onda podemita atropella en sus ripios a Ortega Lara y otras víctimas del terrorismo. Entonces se habló de la fundamental libertad de expresión que protege al artista. En fin.

Los trinos de Luis Fonsi, Iglesias junior y otros tantos de su mismo palo, sospecho, ofenden a mujeres, hombres, niños, gatos y perros; esto es, a cualquier ser vivo con un mínimo de sensibilidad porque representan un homenaje al mal gusto y a la caspa. Claro que, si logramos erradicar estos géneros melódicos que desbaratan el tímpano, ignoro cómo se lo montarán los pinchadiscos de las verbenas que animan la horterada veraniega. Sería deseable, en un mundo exquisito, que el personal disfrutase en esas fiestas con la Rapsodia para contralto, coro y orquesta de Brahms, con John Coltrane, con las Gymnopedies de Satie o con Thelonious Monk. Pero, qué le vamos a hacer, esto es imposible. Por otro lado, de repente, con este follón, a Luís Fonsi y a Enrique Iglesias les están prestando una atención desaforada; peor todavía, les están otorgando tratamiento de genuino dinamitero del rock. Un desastre, vaya. En 1977 la prensa inglesa montó una cruzada contra los Sex Pistols y el movimiento punk. Enrique Iglesias y Luis Fonsi no son Johnny Rotten y Sid Vicious, aquellos veinteañeros que cambiaron el rumbo del rock. Sólo son dos trovadores cursis encajados en un sistema de banalidad total. No les den tanta importancia, por favor. No se la merecen.

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