EL TEMBLEQUE

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El miedo es libre y cada cual se lo gestiona como puede. Miedo a perder el empleo, a que te partan la cara durante una noche tonta, a que te abandone la pareja así de sopetón, a que te metan en la cárcel... El aliento del miedo sopla su ventisca contra nuestra nuca cada mañana y nos limitamos a disimular. El miedo nos lo inoculan desde bien pequeños con las recomendaciones deslizadas por los padres: cuidado, precaución, no hagas esto, no hagas lo otro... Y el miedo repta, avanza, aumenta, vence. A los matadores de toros que he entrevistado siempre les pregunto, lógico, por el miedo. Contestan lo habitual; esto es, que les produce más miedo el público que los pitones del cornupeta. Luego, a micro cerrado, se explayan y la realidad nunca es tan rosa. Luís Francisco Esplá me confesó algo realmente curioso. No soportaba el tintineo de la calderilla de los restaurantes cuando le devolvían el cambio sobre el platillo metálico porque ese breve tañido le recordaba el sonido del instrumental quirúrgico mientras le operaban tras una cornada. El lado siniestro de las melodías despertando los demonios internos. El semblante de la Forcadell mientras bajaba del coche, oficial por supuesto, reflejaba puro, genuino miedo. La sombra del ciprés es alargada pero la del muro de la prisión es quilométrica, formidable, espantosa. Apuntaba el escritor Edward Bunker que al hombre sólo se le conoce en la condena del trullo o en el barro de la guerra. En esas situaciones caen las máscaras y aflora nuestra auténtica personalidad. De boquilla el valor es gratuito, permite inflar los pechos y lubricar las lenguas que lanzan sus ardorosas soflamas. Pero cuando llega el momento de la verdad el miedo se dispara. Y cada cual lo gestiona como puede, sólo hay que elegir entre abrazar la dignidad o rendirse ante el tembleque.

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