CAVILACIONES EXTRAVAGANTES

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El hombre de las modernas urgencias suele caminar algo chepudo, encapsulado en divagaciones que pueden navegar desde «¿he apagado el calefactor del cuarto de baño?» hasta el «¿todavía me quiere..?» pasando por el inevitable «¿me tiene manía el jefe?». Contemplamos la acera mientras caminamos escorados no sólo por evitar las plastas perrunas, sino porque es el signo de nuestros mediocres tiempos que arrullan la vida morosa.

Algunas personas de acusada sensibilidad, sin embargo, recomiendan levantar la vista para percibir esas hermosas fachadas que jalonan las calles y corresponden a edificios señoriales. Lo intenté una temporada. Por cada linda fachada encontraba treinta espantos fruto del oportunismo de los sesenta y los setenta. ¡Qué fistros tan abominables! ¿Dónde se esconden los desaprensivos arquitectos que firmaron esos proyectos tan de casa maldita como de novela de Richard Matheson? Desistí, pues, de esa costumbre y preferí observar al prójimo, aunque algunos lucen cara de ladrillo. Así, mientras chequeas el paisanaje, lo que más llama la atención es el sobrepeso que a casi todos nos ataca. La masa adiposa pespunteando nuestras cinturas florece en las panzas y conforta las caderas. Esto me resulta curioso porque asistimos a una bárbara eclosión de dietistas y nutricionistas que nos indican cómo zampar para mantener el anhelado tono esbelto exigido por el canon publicitario. Los expertos en temas alimenticios irrumpieron pero sus enseñanzas no prosperan y no hay manera de redimir nuestro lado gordinflas. Sucede lo mismo con la enseñanza, la cultura. Nunca tuvimos tantas universidades, ni tantos universitarios, ni tantos profesores pero, en cambio, se diría que la burrera y el sectarismo no menguan. Casi mejor vuelvo a fijarme en los edificios y me dejo de cavilaciones extravagantes...

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