QUOD VOCATUM EST VALENTIA

MIQUEL NADAL

No debe extrañar a nadie mi alegría por la victoria de la Roma. Por estricto patriotismo de la ciudad estricta, el de la Valentia de fundación romana, un valentino no podía tener dudas el pasado miércoles. Hay incluso ciertas teorías y testimonios que consideran que el nombre primitivo de Roma fue Valentia. De ahí que por pura sinonimia o coherencia genealógica la alegría fue total. Cuando un ciudadano de Valencia se pasea por Roma, y llega al Palatino se encuentra como en casa y comprende algunos asuntos. Hay quien entiende todo esto como una pura acreditación de que uno es un anti. No hay tal caso. En materia de fútbol uno ha de salir de casa vacunado contra las interpretaciones que se harán de sus afectos, considerándolas puras fobias de aficionado rencoroso. No es eso. Es tanto el amor por lo propio, y por el Valencia, que ser anti ensucia la perspectiva de lo propio y supone una limitación. Por eso mi pasividad o la alergia ante el recorrido del Madrid es pura prevención ante la fatalidad de decisiones arbitrales como la del penalti del otro día en el corredor de la muerte. En ausencia de Sergio Ramos tuvo que activarse el plan B: el comodín del árbitro. El que asimila sin ningún género de honestidad intelectual un contacto entre cuerpos como equivalente a arrollar a un contrario, y se queda conforme con ello. En un viejo Breviario del Fútbol del Doctor José Janini, publicado en Valencia en 1951, con preguntas y casos del Reglamento, se identifican las nueve faltas que se castigan con penalti cuando ocurren dentro del área. Ninguna de ellas es aplicable. No se da intencionadamente una patada o se intentar darla al contrario, ni se pone la zancadilla, ni se salta sobre el adversario, ni se carga con violencia o peligrosamente, ni el leve contacto de la mano supone una carga por detrás, ni se le golpea o se le intenta golpear, ni hay sujeción, ni empujón al contrario, ni juego del balón con el brazo o la mano. No hay nada de eso y todos lo sabemos. Ya nos ha pasado, y somos conscientes de que un árbitro no pita igual en según qué estadios, ni un barítono canta de la misma manera en La Scala que en una tarima de fiesta de pueblo. Los escenarios son la respuesta a muchas preguntas. En cualquier caso, son peripecias del fútbol que no han nacido hoy. Si no hubiera ganado el Madrid, hubiera ganado la Juventus, que es el Madrid de Italia, y nos hubiéramos quedado como estábamos. En Turín una persona como toca solo puede ser del Torino. Queda para la historia de los agravios del fútbol moderno la inaudita celebración del menda de la chilena, ese yonki del ego, que en lugar de pedir perdón a su público y salir silbando para disimular aún tuvo la desfachatez del aullido. Un poco más de respeto.

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