QUISIERA IMAGINAR QUE SALTAS...

Jesús Trelis
JESÚS TRELISValencia

Mañana hará una semana desde que las palabras se llenaron de dolor. Quizá después de tanto dicho y escuchado tocaría dejar que el silencio se apoderara de todo, que un frío viento soplara a nuestro alrededor dejando que esa sensación estremecedora que nos dejó su pérdida nos siguiera sobrecogiendo; pero algo me empuja a seguir pensando en él.

Cuando cierro los ojos, me doy de bruces con la incomprensión. Pienso que en este mundo por el que deambulamos -de puro paso- está repleto de espinas. Y que esas espinas, de pronto, son capaces de atravesarte el alma. Por eso, como cualquier padre, cuando intentas ponerte en la piel de lo que han vivido los de Gabriel te notas asfixiado por la inquietud, desconcertado por el temor, atolondrado intuyendo su dolor. Sientes que su vida se ha convertido en una losa llena de amargura.

Patricia, la madre del pequeño, pidió que nos quedáramos con la bondad que rezumó de quienes estuvieron con ellos desde el principio buscando a su pequeño. Sus palabras, de una entereza tan contundente que nos dejó atónitos, nos empequeñeció a todos. Y eso desató en todos la impotencia, certificó rabia silenciosa, desató en cada uno su llanto oculto y acabó haciéndonos pensar en que la cruel realidad supera lo que todos tacharíamos de imposible.

Me gustaría, como a todos, imaginar al pequeño saltando entre las nubes como un pececillo que se hizo ángel; imaginarlo como un crío en el cielo de los sueños descalzados, donde todo se hace posible y hay sonrisas, y fantasías danzantes, y bailes divertidos al son de Girasoles. Me gustaría imaginar que el pequeño corretea por las playas, brinca entre las olas, moja sus manos con el agua mientras intenta atrapar peces que se escurren, haciendo eterno el divertimento. Me gustaría imaginar escenas idílicas de ese niño convertido en un pequeño Principito que logró que miles de personas salieran a la calle para demostrar que la bondad que reclama su madre tiene fuerza, que la solidaridad existe, que la buena gente vive, que las manos están para estrecharse.

Me gustaría imaginar todo eso para dejar la conciencia tranquila, el corazón sereno, el sentimiento relajado... pero se hace difícil conseguirlo. Tan difícil como volver a ver su imagen. Quizá porque su sonrisa transmite con fuerza, de manera imparable, todo lo que de inocencia se puede esconder en el alma de un niño. Y lloras.

Malditas esas cosas del destino que los humanos, convertidos en despojos, propiciamos. Malditas cabezas endiabladas que tiñen a su antojo nuestros días de ceniza. Maldita tristeza que me ahoga al tener que enviarte besos al cielo.

Fotos

Vídeos