EL QUIETISMO DE RAJOY

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

En Cataluña se han cometido muchos errores, ya casi nadie lo duda. Sobre todo por una parte, pero también por la otra. Visto ahora, con el transcurso del tiempo, hay medidas y decisiones que no se deberían haber adoptado. Además, es necesario un nuevo modelo de financiación autonómica que manteniendo la solidaridad interterritorial acabe con desigualdades insostenibles que afectan a los servicios básicos (como bien sabemos y padecemos los valencianos). Y por si todo esto fuera poco (asunción de errores en el conflicto catalán y necesidad de remodelar el reparto de fondos), también hay una cierta coincidencia acerca de que ha llegado el momento de pensar en reformar la Constitución, el pilar sobre el que se ha sostenido la etapa más larga de crecimiento y desarrollo de España en democracia. Bien, estos tres factores parecen estar claros, pero ninguno de ellos puede activarse porque unos políticos que del nacionalismo han evolucionado al independentismo planteen un desafío en toda regla al Estado, aspiren a romperlo y encima pretendan obtener la bendición del Gobierno.

Durante estos últimos años, desde que el soberanismo dio el paso adelante y puso el referéndum como condición indispensable, se ha acusado a Rajoy de quietismo, de no hacer nada para resolver el conflicto catalán, de confiarlo todo a la ley, al Estado de derecho. Se le pedía desde algunos sectores y por parte de ciertos analistas que negociara, que hablara, que buscara una solución para Cataluña, que no se limitara a repetir una y otra vez que la Constitución no permite una consulta unilateral de una comunidad autónoma para separarse del Estado. Y recientemente ha reaparecido el mago Pedro Sánchez con un conejo en la chistera llamado 'Estado plurinacional', la fórmula que ha encontrado para resolver todos los problemas territoriales. Pero lo cierto es que conforme pasan los meses y aunque el bloque rupturista ya ha fijado la fecha de la consulta para el 1 de octubre, la posición del presidente del Gobierno se va configurando como la única posible. El imperio de la ley, el cumplimiento de las normas y de las sentencias, el Estado de derecho. La táctica, el supuesto quietismo está desarbolando a los independentistas, no a los radicales de la CUP pero sí a los del PDCat, incluso a los de ERC, con un Junqueras que ya ha dejado claro a sus compañeros de aventura que no aspira a ser elevado a los altares como 'sant procés'. Cuando algunos dirigentes catalanes han empezado a comprender que la resistencia al Estado, a la ley y a los pronunciamientos del Tribunal Constitucional puede tener consecuencias no sólo penales sino también sobre su patrimonio, han surgido de golpe todas las dudas. Tal vez Rajoy, con su pachorra, el puro y el Marca, tenía razón.

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