MI QUERIDO MESTALLA

MI QUERIDO MESTALLA

Me costará mucho abandonar el viejo Mestalla, un hogar repleto de recuerdos

JOSÉ RICARDO MARCH

Confieso que nunca compartí la ilusión por la construcción de un nuevo estadio para el Valencia. Jamás subí a ese barco, ni siquiera cuando Juan Soler, empecinado en dar un pelotazo urbanístico amparado por las autoridades municipales del momento, nos prometió el oro y el moro a cuenta del futuro hogar del valencianismo. Formo parte de ese limitado grupo de personas refractarias a los grandes titulares, a los planes grandilocuentes, a la impostación y a la estupidez barnizada de modernidad. Matizo: solo a veces me subo al carro del «ja tenim equip», quizá como mecanismo de afirmación de mi pertenencia, me guste o no, a un colectivo al que explica perfectamente un objeto muy nuestro: la traca. Mucho ruido, mucho humo y poco más. Algo ciertamente efectista pero claramente innecesario.

El rollo del nuevo estadio me abruma desde que hace diez años supimos que abandonaríamos el viejo Mestalla. El nuevo plan siempre me pareció demasiado en todos los sentidos. Demasiado estadio para la ciudad, entonces con aspiraciones (más bien delirios) olímpicas. Demasiado campo para el club, que tendría grandes dificultades para llenarlo en los episodios de crisis y desafección que nos azotan cíclicamente. Demasiado gasto, con receta segura a cuenta de los contribuyentes, de usted que me lee y de mí que escribo. Demasiada tontería desperdigada entre galas de presentación de maquetas y proyectos reformulados cada poco tiempo por el mismo arquitecto.

Yo hubiera deseado quedarme en Mestalla para siempre. Me gusta, en el tránsito hacia el estadio, poder cruzar la ciudad desde Patraix, pasear por el centro siguiendo la ronda de la vieja muralla en dirección a la Alameda, atravesar el río emulando el camino que durante casi cien años han hecho los valencianos del sur cada dos semanas. Me gusta, cuando alcanzo los edificios de la Exposición, jugar a adivinar la inmensa silueta de Mestalla y compararla mentalmente con la que conocí en mi infancia. Me gusta llegar al estadio y observar su arquitectura de ballena varada. Y apreciar su belleza disfrazada de aparente fealdad («¡Qué horrible!», me dijo una vez alguien al pasar por Mestalla. «Para ti será feo. Para mí es incomparable», le respondí). Nuestro campo tiene desde siempre un encanto especial. Incluso después de la transformación del coqueto recinto de los años veinte y antes de ese 'restyling' que supone la mejor herencia de Amadeo Salvo. A pesar de las grietas y las humedades. A pesar del incómodo muro que supone la grada de la mar. A pesar de la megafonía ensordecedora. La huella emocional que ha dejado en mí el estadio es incomparable. Cuando voy a Mestalla compruebo que los rincones familiares siguen ahí. Aquí se sentaban mis abuelos y mi padre. Desde aquí vi mi primer partido del Valencia. Aquí está la cabina en la que narré por primera vez para la radio. Etcétera.

Me dolerá abandonar Mestalla por estas y otras razones. Una de ellas es que la marcha a Corts Valencianes supondrá cortar el cordón umbilical que une al Valencia con la historia de nuestro fútbol. Por mucho que se utilice la pirueta geográfica de que la acequia de Mestalla pasa por Benicalap, caramelo con el que desde el club se quiso contentar a los memoriosos (las gárgolas, que dirían dos amigos recientes), el traslado romperá una lógica espacial que se remonta más de cien años atrás. La que sitúa en una línea curva, paralela al río, muchos de los recintos sobre los que ha crecido nuestro fútbol: los campos del Patronato, el Sagunto, Vallejo, el Stadium fluvial, el de la Soledad, Algirós, Mestalla, el del Camí del Grau y el de La Creu del Camí Fondo. Renunciar a todo ese trasfondo quizá pase desapercibido para muchos pero supondrá decir adiós a demasiados recuerdos y presencias que nos han acompañado desde siempre,

Sin embargo, la visión y misión capitalista del fútbol contemporáneo se oponen diametralmente a mis deseos y a los de la gente que piensa como yo. Y la sentencia firme que obliga a derribar parte de Mestalla no permite cultivar esperanza alguna de permanencia en la avenida de Suecia. Asumo que acabaremos mudándonos a Benicalap aunque no tenga ganas de hacerlo. Sé que solo un estadio nuevo, con todo su mecanismo de explotación comercial, puede ayudar a generar unos ingresos que el club necesita como el agua. Me costará acostumbrarme aunque tenga el nuevo campo algo más cerca, aunque el proyecto del estadio sea menos faraónico y más racional, aunque sea más cómodo y menos vetusto, aunque lleve aparejado un museo como el que ansiamos. Yo, lo siento, seguiré añorando mi viejo teatro de los sueños. Mi querido Mestalla.

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