Los que no queremos viajar a Tailandia

Belvedere

Baroja dijo lo que dijo pero lo dijo cuando lo dijo. No sé si ahora salir de nuestro entorno nos hace más abiertos o, por contra, refuerza nuestro aldeanismo

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Hay que entender que cuando Pío Baroja pronunció aquella famosa sentencia de que el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando, no se practicaba en exceso lo de salir de la ciudad o el pueblo, mucho menos traspasar fronteras, y no como ahora, que no paramos en torreta. El cerrilismo, el aldeanismo, ese localismo inculto que llevaba a muchos a ponerse la boina y creerse que el mundo giraba alrededor de sus cuatro calles, la taberna y la iglesia, que no había otra forma de hacer las cosas que la suya, podía ser combatido en cuanto uno dejara por unos días su estricto entorno doméstico y se diera cuenta de que frente a sus catetas creencias hay no otra sino múltiples maneras de entender la vida, de trabajar, de divertirse, de relacionarse con los demás, hasta de rezar. Los grandes cruceros, los coches potentes y al alcance de todo el mundo, el AVE y los vuelos low cost han cambiado nuestra forma de movernos, de viajar, hasta el punto de que hemos pasado de recomendar el salir de casa con la maleta a cuestas a verlo como un problema en aquellas ciudades saturadas y en cierta medida adulteradas por una masa informe de turistas que móvil en ristre inmortalizan todo lo que ven para olvidarlo al instante y relegarlo a la nube digital mientras consumen comida basura y se alojan en apartamentos, sin gastarse apenas nada. Ahora bien, ¿nos sirve para algo esta desmedida afición por consumir etapa tras etapa de un tour interminable más allá de hacer entre 600 y 700 fotografías y poder presumir ante familiares, amigos y compañeros de trabajo de «yo he estado allí», sea ese «allí» Laponia, Camboya, Madagascar o la Patagonia? Me encuentro, para venir a responder en parte a la pregunta, esta perla en el ABC, en una entrevista a la actriz Marta Hazas -famosa por su papel en la serie Velvet-, que al parecer ha estado de viaje en Tailandia, uno de esos sitios exóticos que nuestros padres conocían por las lecciones de Geografía de Cuarto de Bachillerato pero que ahora sus hijos y sobre todo sus nietos visitan como si estuviera ahí al lado, entre Burjassot y Godella. Ha vuelto muy impresionada de su experiencia en aquel país y se ha hecho una idea exacta -¡en apenas unos días!- de cómo viven su espiritualidad los tailandeses. Vean sus declaraciones: «Me gusta mucho la idea que tienen de la religión, de cómo la viven de una forma más lúdica. El catolicismo clásico que hemos vivido en Occidente de tener un Dios castigador y el tema de la culpa allí eso no existe, cada uno se genera su propio karma». Qué maravilla oye, «la religión la viven de forma más lúdica» (vamos, el clásico valenciano «folleu, folleu, que el món s'acaba»), «el tema de la culpa», el «Dios castigador» y sobre todo, por encima de todo, «el karma», ¡ah, el famoso karma! Marta Hazas, actriz de éxito, viajera ocasional y antropóloga por derecho propio, tres en uno. La Mare de Déu... Si Baroja viviera en estos tiempos igual ya no decía lo mismo.

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