Quemar al Rey

JUAN CARLOS VILORIA

Felipe VI ya sabe que partir de ahora el que quiera puede quemar su fotografía cabeza abajo y la de Letizia, también. Lo han dejado dicho los magistrados del TEDH. Aunque no es probable que esta resolución le quite el sueño, el jefe del Estado tendrá la tentación de preguntarse si el derecho fundamental a la libertad de expresión da cobertura a todo tipo de fórmulas para manifestarla. Si es lo mismo utilizar la pluma, el lenguaje, la imagen, el grafiti, el mitin, que el fuego. El fuego más que a la expresión crítica remite a la fuerza, más que a la dialéctica, remite a la confrontación y más que al diálogo a la violencia. Precisamente los métodos que la propia democracia pretende superar estableciendo un protocolo civilizado para debatir posiciones, ideologías o programas. Alguien parece haber olvidado eso tan mentado de que la democracia esencialmente son las formas. Así que no sabemos si el TEDH daría por bueno pegar carteles con la imagen del jefe del Estado en medio de una diana, por ejemplo. Pero doctores tiene la iglesia.

Lo curioso es que la resolución de la instancia judicial internacional más requerida en estos tiempos por los nacionalistas, incluso por acusados de corrupción o de terrorismo, se refería a un acto de unos encapuchados en Gerona hace once años cuando el representante de la Corona era don Juan Carlos. Desde entonces ha pasado mucha agua debajo de los puentes, pero entre la variada herencia que Felipe VI recibió de su padre estaba esta patata caliente de Estrasburgo que ahora los independentistas de Cataluña han recibido con alborozo. Un alborozo que probablemente esconde una cierta frustración porque precisamente ha sido el desafío secesionista unilateral, el momento más crítico para España, el que ha permitido al Rey reforzar intensamente la institución; y dotar a su propia persona de la utilidad política como rompeolas frente a la desmembración nacional que debía de a acreditar ante tanto escéptico sobre la monarquía constitucional.

Su mensaje a los españoles y a los que no quieren serlo del 3-O fue un hito en el capítulo 'felipista' de la Corona porque puso de relieve que la institución, mientras no se demuestre lo contrario, es fundamental en la preservación de la identidad española y garantía de su continuidad. En el momento de la abdicación de su padre, algunos 'zarzuelólogos' sostenían que nuestro país no es monárquico sino 'juancarlista' y que, en consecuencia, el heredero debería ganarse el puesto. No a base de la campechanía empática de su padre con el pueblo, sino con el crédito que otorga el justificar el sueldo. No hay CIS recientes sobre el aprecio de la opinión pública hacia Felipe VI y la Corona, pero si la minoría rupturista y antidemocrática que se salta la Constitución le quita plazas, le niega el saludo, le declara persona non grata es porque está haciendo bien su trabajo.

Fotos

Vídeos