Ahí te quedas televisión

Una pica en Flandes

Se ha vuelto habladora, obesa (series de cocina y cenas todo el rato), adoctrinadora y repetitiva. Apesta a bragueta ajena y sólo llama mi atención cuando se parece a la radio

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Después de comer en el Hispania, llegamos paseando a la Grand Place de Bruselas y mi amiga, girando sobre sus talones como un torero brinda al tendido, la recorrió con ojos achinados y dijo: «Es preciosa, si no fuera porque estoy muy mayor y ya no tengo sentimientos, lloraría». Ella se ha quitado de emocionarse para que no le duelan los desengaños ni los arrepentimientos. Yo que también estoy muy mayor, por mi parte, tenía cuatro vicios y conservo sólo la mitad. No pude privarme de dos de ellos: Lo de morderme las uñas y lo de, bueno, lo de lo otro. Me muerdo las uñas y lo otro, un poco menos, pero sigo ahí. Sin embargo, hace 25 años, sí tuve fuerza de voluntad para dejar de fumar y, sin pretenderlo, ahora además se me ha ido la costumbre de tener la televisión encendida. Por un lado, me acompañaba y, por otro, siempre daba algún programa entretenido. Pero, eso se acabó.

Pinito del Oro, la mejor trapecista española, ha fallecido esta semana, aunque yo pensaba que había muerto tiempo atrás. Me pasa que me entero de que mueren personas a las que, con naturalidad, ya daba por enterradas. Ocurre con famosos, pero pronto me sucederá con exnovias y sus exmaridos, muchos excolegas míos, y, a no tardar, seré yo mismo el que, dado por difunto, la espichará para sorpresa general. Pues bien, a Pinito la abandonó su esposo. En aquellos años, los trapecistas, como políticos y putas, trabajaban sin red y la del Oro contaba con que su Juan se pondría debajo del columpio para cogerla en brazos si resbalaba. Pero, un día Juan se marchó con otra a despachar botones en una mercería y la Shirley Temple canaria sufrió tres caídas mortales sin nadie para recibirla del aire. Se rompió dos veces el cráneo y tres las manos. Nada es eterno.

En casa de mis padres, una tarde jugando a no sé qué, tal que Pinito del Oro, se cayó la televisión del mueble, una de aquellas de dos canales que siempre tuvo una mosca de verdad muerta tras la pantalla. Pero yo no la recogí como Juan y fue a estrellarse contra la pierna de mi hermanito Rafa. Se la escayolaron. No obstante, no es por eso. Más sencillo, nuestro amor ha terminado. Ella se ha vuelto habladora, obesa (series de cocina y cenas todo el rato), adoctrinadora y repetitiva. Apesta a bragueta ajena y sólo llama mi atención cuando se parece a la radio. Desapareció la inocencia y fascinación de nuestros primeros años. La tele de hoy es un coñazo, lo digo sin nostalgia. Es la verdad. Y me he quitado.

La tele perjudica seriamente a la salud. Engorda, aburre y pierde el tiempo. A mi edad, perder el poco tiempo que queda es un delito de rebelión contra la vida. Mejor chingar que ver la tele o, mejor aún, chingar primero y luego leer un libro o, si no tienes actual pareja, chingarte un libro. Venga, apagad la tele y encended los sueños, mientras os queden sentimientos. Lo digo en serio.

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