Cuando nos quedamos atrapados

Llovía a cántaros, se fue la luz y los padres optaron por pasar allí la noche. ¡Qué divertido!, ni pensamos en rescates ni nada

VICENTE LLADRÓ

Unos excursionistas alemanes descendieron por un barranco de Tenerife en medio de una intensa lluvia. No hicieron caso de las advertencias oficiales que indicaban el riesgo de fuertes precipitaciones y la conveniencia, sino incluso la prohibición, de aventurarse en situaciones de peligro gratuito. El caso es que llegaron al final de la sinuosa garganta, en medio de una playa que estaba solitaria, como era lógico con aquel temporal. Se vieron aislados, no había embarcaciones, la única salida posible de inmediato era volver a subir la barrancada, pero en eso un pastor local, que les vio desde su pequeña casa cercana, les dijo que no, que era muy peligroso en aquellas condiciones, y que lo mejor era resguardarse allí mismo, en sus modestas instalaciones, hasta que escampara.

Fuera, en la ciudad, cundió la voz de alarma cuando pasaron horas sin saberse de los senderistas, quienes, en cambio, fueron atendidos lo mejor posible por el pastor y su mujer. Al día siguiente, cuando se esfumaron todos los temores y el desenlace quedó en pura alegría, la narración de lo acontecido dejó de utilizar los términos 'perdidos' o 'desaparecidos' para pasar a señalar que habían quedado 'atrapados', allá en la pequeña playa solitaria. Luego fueron a preguntarle al pastor por los posibles detalles escabrosos de la peripecia, porque seguro que todos pasarían momentos de pánico, quizás de sed, y no habrían dormido, empapados bajo el diluvio; hasta cabría que alguno se hubiera lastimado algo, un poquito quizá.

Pero no, el pastor narró a la concurrencia que todo fue lo más normal del mundo, que vio a los jóvenes que estaban algo apurados y que les hicieron hueco en su casa. Comieron todos lo poco que había, pero no pasaron necesidad; «como son jóvenes pueden aguantar una noche de mal dormir», sentenció el hombre. Luego, la narración oficial siguió conque los excursionistas fueron 'rescatados' y llevados a un centro asistencial, para comprobar su estado de salud. El matrimonio de pastores quedó en su casa, ahora convertida en 'cueva' para el relato novelado. Nadie se ha preocupado por su salud, ni por su 'cueva', ni por si necesitarían ser rescatados de sus tareas, allá en aquel lugar al final del barranco.

El hecho ha devuelto a la memoria aquel modesto acontecimiento doméstico, tal lejano, un día que llovía a cántaros y los mayores decidieron, para regocijo de la chiquillería, que sería más prudente pasar la noche en aquella casita de campo, no fuera a ser que creciera el barranco que cruzaba el camino. Vista aquella situación -y tantas otras similares- con el prisma actual, la realidad es que nos quedamos atrapados, ¡y sin luz ni teléfono! No se podía dar a aviso a nadie, no existía aún Protección Civil, ni la UME, y no nos preocupó pasar media noche en vela, riéndonos unos de otros. ¡Qué divertido, andar con cirios y linternas a media pila! Ni se le ocurría a nadie pensar en ser rescatados. ¿Por quién y para qué? Por la mañana salió el sol.

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