Queda inaugurada esta nueva ley

Belvedere

La actual revolución no consiste en mejorar la calidad de vida con acciones aprehensibles sino con normas

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Me da pena que mis hijos ya sean mayores y no les vaya a afectar directamente la nueva norma legal que anuncia a bombo y platillo el tripartito que nos gobierna: la ley de la infancia y la adolescencia. Como se lo cuento. El pasado jueves, la libertadora de pobres y oprimidos, el azote de los corruptos, la vicepresidenta Mónica Oltra, que también es consellera de Igualdad y Políticas Inclusivas (¿y sostenibles no?), presentó esta ley en un acto al parecer multitudinario en el Palau de les Arts Reina Sofía, que para ser un adefesio construido por la megalomanía de Calatrava hay que ver el partido que le están sacando... Esto que les estoy relatando, y de lo que ya se pudieron informar en el periódico del viernes, es tan real como la vida misma. Y es que ahora las leyes se presentan en sociedad, como un gran logro, un éxito, un extraordinario avance, un antes y un después en la historia de la evolución humana. Hubo un tiempo en que cuando se terminaba una obra pública se procedía a una inauguración con toda la pompa y el boato posible. Seguidamente se amplió la costumbre a la primera piedra, no sea que cuando llegue la última ya no estemos en el cargo... Y posteriormente vino la moda de los grandes planes y macroproyectos, aquí uno de líneas de cercanías para los próximos 20 años, ahora uno de autovías, otro de revitalización de las comarcas del interior, llevo debajo del brazo uno para la reindustrialización, y aquí otro de recuperación del patrimonio histórico... Planes que no llegaban a nada, que no tenían consignación presupuestaria, que al poco quedaban olvidado, pero qué más da, lo importante era dar el golpe de efecto, presentarlos ante el público (mejor dicho, los votantes) hacer ver que se hace mucho. Y por fin hemos llegado a una nueva fase en la que los poderes públicos no se limitan a aprobar una ley en el parlamento correspondiente y publicarla para que entre en vigor, no, de eso nada. Hay que comunicarla y publicitarla a los cuatro vientos, con palmeros, batucada y a ser posible una muixeranga, porque la ley, en sí misma, es el arma de destrucción masiva de la que se han dotado los nuevos revolucionarios para hacer creer a los incautos de turno que están transformando por completo la sociedad. ¿Ley de la infancia y la adolescencia? Pues ya está, asunto resuelto, ¡los niños y los adolescentes valencianos ya están salvados, ya no tienen problemas! Fíjense, por ejemplo, en este precepto: los padres tendrán la obligación de escuchar y respetar las opiniones de sus hijos en lo que se refiere a su libertad de ideología, conciencia o religión. ¿Para decir eso hacía falta una ley? El problema, claro, es que una vez has creado el órgano -Les Corts- tienes que dotarlo de contenidos, que haga algo, que demuestre su utilidad. ¿Cómo? Aprobando leyes. Y el segundo problema es que algunos progres de salón intentan que su incapacidad de gestionar quede oculta bajo el ruido de la batucada.

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