Lee, que algo queda

Si los chavales sólo ven un libro en clase lo relacionarán con el estudio, no con el placer del tiempo libre

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Dice el estudio NC Report, que acaba de hacerse público, que nueve de cada diez españoles creen que los niños y adolescentes deben leer, que las autoridades deben desarrollar iniciativas para fomentar la lectura desde pequeñitos y que las escuelas deben potenciarlo más en sus planes educativos. Es evidente que cuando se trata de buscar responsables, miramos alrededor, señalamos a otros y nos quedamos tan contentos. Junto a ese dato, el último Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros que conocimos decía que cuatro de cada diez españoles nunca coge un libro y de los otros seis que han perdido el miedo a la letra impresa, no todos lo hacen por placer. Con ese panorama, el problema no es del sistema educativo ni de los propios chavales. Ninguno de los nueve que decían considerar importante la lectura entre los más jóvenes apuntaban a un elemento esencial en el proceso: la familia. Si los chavales solo ven un libro en clase, lo relacionarán con el estudio, no con el placer del tiempo libre. Ocurre algo similar con un problema de matemáticas. ¿Por qué les cuesta tanto vincular las matemáticas a la vida cotidiana? Porque se resumen en cuestiones complicadas que ven en el aula con el profesor o que tienen de deberes para el día siguiente. Falta incentivar en casa la presencia de las matemáticas y de la ciencia en el día a día: cuando dan el cambio al comprar, cuando una gota de leche se queda en la superficie del bol sin estallar o cuando removemos el café con la cucharita para que se enfríe antes. Es cierto que a sus padres, quizás, nadie les enseñó que la ciencia está en cada cosa que hacemos ni que la lectura puede ser la llave a miles de universos paralelos donde sentirse caballero andante, princesa y hasta dragón, cada uno lo que prefiera. La pregunta es por qué tenemos tan claro que hay que leer cuentos a los niños antes de dormir y luego abandonamos el hábito y no nos importa que ellos también lo dejen.

Si al niño le gustan las historias no hay razón para que no le gusten al adulto. Lo malo es que no terminamos de creernos que ese acto de leer al pie de la cama es importante más allá de que sirva de somnífero natural para el crío. Achacar la falta de interés por los libros a las imposiciones escolares es evidenciar que dejamos en manos del profesor la invitación a la lectura. Confiar, por tanto, en que será solo responsabilidad suya que los hijos lean es desconocer la importancia del ejemplo doméstico. Si nos ven leer, entienden que no es una obligación sino una actividad propia del relax. No se trata de obligarles ni de ponerles a sus primos de ejemplo. El ejemplo debe estar en casa. Es el más creíble y al que volverán, aunque lo dejen a los trece, cuando empiecen a ser adultos y quieran imitar a sus mayores. La escuela refuerza los hábitos, no los crea. Puede iniciarlos pero si la semilla no encuentra tierra fértil, morirá sin echar raíces.

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