PURO EXOTISMO

PURO EXOTISMO
Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

De vez en cuando irrumpe un japonesito risueño que desea triunfar sobre el albero taurino. El primer coscorrón que le arrea una becerra le disuade el sueño y ese hijo del sol naciente desaparece. El factor exótico, queremos decir, pespuntea nuestras existencias porque el frikismo llegó para instalarse y sus flecos son amplios como las bocas de los cañones de Navarone.

Nuestro fútbol cobijará a media docena de jugadores de Arabia Saudí repartidos entre clubs necesitados de flus. Los puristas del balompié parece que no valoran esta operación por su carácter pecuniario. Los del petrodólar pagan para que sus mozos más aventajados forjen aquí sus regates acaso de arabescos muslimes. Se quejan, estos puristas, del cambalache que, en principio, rebaja nuestro orgullo porque nos convierte en una suerte de césped de alquiler. Los defensores de la pureza son muy suyos para denunciar esta martingala, pero convendrá reconocer que la presencia de las chilabas de oro y seda, cuando desembarcan en Marbella, por ejemplo, provocan un tsunami de pleitesía rotunda. No se quejan de la feroz dictadura en aquella tierra, donde la mujer padece un corsé de hierro y donde se trituran los derechos humanos, pero con lo del fútbol algunos se ponen muy finos. El fútbol, dato curioso, para algunos sigue siendo un deporte que aglutina sentimientos puros y rivalidades tribales, no perciben que, en realidad, sólo es un formidable negocio dotado de unas entrañas donde los sobornos, las comisiones, los impuestos desviados a nuestra Hacienda, los contratos sellados entre las empresas particulares de los presidentes y la sagrada venta de camisetas dominan el cotarro. Los chicos que llegan desde Arabia Saudí son como el japonesito que pretendía emular a Manolete. Puro exotismo que se evaporará como una gota de agua en el desierto.

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