La biodiversidad del planeta se enfrenta a una grave crisis debido a múltiples impactos ligados a la creciente presión humana. Los mares y océanos no son una excepción a esta tendencia general, pero hasta ahora la atención se había centrado principalmente en el medio terrestre, donde los efectos de la contaminación resultan mucho más evidentes en el paisaje. Desgraciadamente, la profundidad y la inmensidad de los océanos ha servido de coartada para todos aquellos que creían podían utilizarlos como vertederos de basuras y sustancias químicas en cantidades ilimitadas, sin que esto tuviera consecuencias importantes. A pesar de la sinrazón que subyace a estas prácticas, existen evidencias científicas que revelan que estas se suceden desde la época romana.

No obstante, los estudios llevados a cabo recientemente demuestran que la degradación, especialmente en las zonas costeras, se ha acelerado notablemente en los últimos tres siglos a medida que han aumentado los vertidos industriales y la escorrentía procedente de explotaciones agrarias y ciudades costeras.

La dilución de todas estas sustancias en los océanos supone una gran amenaza para la supervivencia de los ecosistemas marinos, ya que en el peor de los casos, generan las llamadas zonas muertas, esto es, áreas en las que se hace imposible el desarrollo de vida marina. En la actualidad, basta con fijarse en la zona muerta del tamaño del estado de Nueva Jersey que se forma cada verano en el delta del río Mississippi. Los científicos han descubierto 400 zonas muertas con estas características por todo el planeta.

En otras regiones del mundo, el problema no es tanto la suspensión de partículas contaminantes en el agua, sino directamente el abandono de residuos sólidos como bolsas, espuma y otros desechos que son vertidos a los océanos desde tierra o desde barcos en el mar. En el caso de los plásticos, se calcula que la cantidad de plásticos en algunas zonas de los océanos podría alcanzar las 580.000 piezas por kilómetro cuadrado. Uno de los ejemplos más flagrantes de esta triste realidad se encuentra en el Pacífico septentrional y es conocido con el sobrenombre de 'Remolino de Basura del Pacífico'. Esta concentración de residuos tiene una extensión de 1.400.000 km2, lo que equivaldría a casi tres veces la de España.

El problema se complica porque estos materiales flotantes acaban siendo con frecuencia alimento de mamíferos marinos, peces y aves que los confunden con comida, con consecuencias a menudo desastrosas. El caso de las aves marinas resulta excepcionalmente significativo. Se trata del grupo más amenazado de la avifauna y, al ubicarse en la cúspide de la cadena trófica, son el mejor termómetro de los problemas de los océanos. Y no nos traen buenas noticias.

Un estudio realizado por la Universidad de California sobre 186 especies de aves marinas entre los años 1962 y 2012, reportaba que el 59% de las aves habían ingerido plástico y que un 29% presentaba restos de plásticos en el estómago. Lejos de mejorar, las cifras de ingesta de plásticos están aumentando y de acuerdo con las expectativas, se estima que la tasa podría alcanzar al 99% de todas las especies para el año 2050.

A esta situación hay que añadir la sobreexplotación de los recursos naturales, la alteración física del hábitat marino por la presión turística, la introducción de especies exóticas y, sobre todo, el cambio climático. Todos estos factores han llevado a la biodiversidad marina a una situación crítica. A un verdadero punto de no retorno.

Además, la cuestión se vuelve todavía más compleja por el hecho de que la contaminación de los mares no entiende de geografía política. Así, algunas de las problemáticas medioambientales más graves que amenazan a nuestros ecosistemas marinos se dan en aguas internacionales, en las que la responsabilidad de los Estados se diluye -unas veces por acción y otras por omisión- amparándose en cuestiones de soberanía.

Indudablemente, todos estos problemas plantean una coyuntura claramente preocupante que exige por parte de la sociedad una respuesta inmediata, firme y sostenible en el largo plazo. Si aplicamos este razonamiento al plano táctico, parece claro que la participación, la concienciación y, sobre todo, el conocimiento, deben ser los elementos centrales de todas las acciones que se planteen como solución.

La campaña '1m2 por las Playas y los Mares', impulsada por SEO/Birdlife y Ecoembes dentro de la iniciativa LIBERA, busca generar conocimiento sobre los efectos que los vertidos y el abandono de basuras tienen sobre las aguas marinas y su biodiversidad. Porque, a pesar de las numerosas pruebas que existen sobre el deterioro de los océanos, contamos con muy poca información acerca del tipo de residuos que amenazan los mares y cómo afectan a la fauna y flora marinas.

Este es un problema que nos concierne a todos los agentes sociales: ciudadanía, entidades del tercer sector, instituciones públicas y empresas. El momento de actuar es ahora. El mar es un reservorio fundamental de CO2 y una fuente de recursos para el futuro. Las políticas que adoptemos hoy serán el legado que dejemos a las generaciones venideras. Por ellas, debemos cambiar el curso de los acontecimientos y proteger con todo nuestro empeño nuestros océanos y su biodiversidad.

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