De Puig no se dice lo que de Camps

FERRAN BELDA

Se ha publicado hasta la saciedad que los hombres de negocios estaban tan acostumbrados a ir al grano con Zaplana y con el regente Olivas que cuando Francisco Camps accedió al cargo les desconcertó. Le pedían audiencia para interesarse por lo suyo, ponerse a la cola de la sopa lista o proponerle un negocio y no les daba pie. A la que se descuidaban les montaba una envolvente táctica y les mostraba el Palau de la Generalitat como no lo haría el más apasionado de los guías. Esta es la sala Daurada, obra de Genís Llinares policromada por Joan Cardona. Ahora entramos en la sala que alberga los retratos de todos los monarcas del Reino de Valencia desde Jaime I a Alfonso XIII. A continuación tendrán oportunidad de contemplar la sala de Corts, así llamada por albergar el gigantesco cuadro que representa una sesión de los tres estamentos forales... De suerte que antes de que concluyera el recorrido, cuya duración solía superar los tres cuartos de hora, el sorprendido visitante había renunciado ya a su prosaico propósito y sólo estaba deseando despedirse para salir a la calle a que le diera el aire.

Lo que me extraña es que quince años después ya nadie se acuerde de esta moralizante historia. Y, en aras de fomentar la colaboración público-privada, no falte quien critique a aquellos miembros del Consell que se resisten a mantener una estrecha y confianzuda relación con los contratistas. Como si para chalanear fuera preciso que comieran sopas juntos y no bastase con delegar en una ingeniería de confianza la potestad de estudiar y valorar las ofertas para que todos los posibles interesados en un concurso determinado supieran perfectamente con quién despachar y discutir los detalles. Y lo dejo ahí.

En los casi tres años que lleva en el puesto, Mª José Salvador no se ha reunido con nadie más que con Intu y porque se lo pidió el alcalde de Paterna. Y Mónica Oltra no mantiene un vis a vis arriesgado si no es en presencia de un tercero. ¿Y? Ojalá todos los problemas que arrastran sus respectivas consejerías fueron éstos. Un catedrático de la UV me contaba días atrás, a propósito del escándalo en el que se ha visto inmersa la Juan Carlos I por el máster de Cristina Cifuentes, que en evitación de equívocos ni malentendidos él recibe a los alumnos de dos en dos. Razón de más para que quienes ocupan cargos públicos de mayor responsabilidad adopten sus precauciones. Máxime después de haberse obligado a ello por ley. Y créanme que lo siento por Ximo Puig, partidario, como su correligionario y agente de viajes JI Pla, de una más estrecha relación con la iniciativa privada. Pero, como decía San Ignacio, quien evita la tentación, evita el pecado. Y a mí, desde luego, no se me ha despintado que, antes de caer en las redes de El Bigotes, Camps resistió como un Ulises con terno a los cantos de sirena.

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