Puede que estemos más lejos que China

La desertificación cambiará el curso de nuestra historia. No es una profecía sino un hecho, al menos para los que miran la luna y no el color político del dedo que la señala

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Mi corazón volvió de vacaciones con los atentados, lo mismo que el de todos, y mi cuerpo, el 21 de agosto. El día en que cumplí 53 años, me reincorporé al despacho en Bruselas. Como el tiempo aún era bueno, disfruté yendo al Parlamento en bicicleta, en plan profesor de Cambridge. Luego, he encabezado la delegación europea invitada por los comunistas chinos para presentarnos su próximo congreso, que se celebrará en algún momento, todavía no determinado, entre octubre y después. Y acabo de regresar de Pekín.

También estuve en Yinchuan, capital próxima a Mongolia, donde los efectos del cambio climático se notan y el gobierno local anda sustituyendo parches, tal que pozos de emergencia, por soluciones a largo plazo. Viendo cómo racionalizan el consumo de agua del río Amarillo, transforman carbón en molinos de viento, sustituyen cultivos o conciencian a la población, pregunto: ¿Cuándo entenderán los políticos valencianos que la desertificación es nuestro principal desafío? Que la corrupción de hace una década, la manifestación 'indepe' por la financiación valenciana, las malquerencias del tripartito o la vagancia del alcalde, son manías que se van a perder en la fosa común de las hemerotecas. La desertificación, igual que la invasión de los moros o la peste, por ejemplo, cambiará, sin embargo, el curso de nuestra historia. Por desgracia, no es una profecía sino un hecho, al menos para los que miran la luna y no el color político del dedo que la señala.

China sorprende siempre. Es como cruzar el espacio y viajar a otro planeta, habitado por humanos que sorben sopa. Mientras esperaba la hora de una reunión, salí a pasear por el parque de Sun Yatsen y, junto al canal, descubrí una fila de más de mil ancianos, sentados en el suelo con carteles y retratos de jóvenes expuestos a sus pies. ¿Qué venden? Nada, respondió mi acompañante, buscan un matrimonio para sus nietos. Ahí, exponen edad y sueldo de los chicos. Sólo mienten sobre la estatura, no hay tantos chinos de 1,80. Temen que, por culpa de internet y las carreras profesionales, nunca lleguen a formar una familia y gastan su tiempo de jubilados pactando, con otros abuelos, casuales citas a ciegas para los hijos de sus hijos. Los chavales, por supuesto, no tienen ni idea de que sus yayos se conjuran a favor del amor verdadero. Sonreí con ternura, yo haría lo mismo. Cualquier día me veis en los Viveros con las fotos de mi tropa, conspirando contra la levedad del presente.

El planeta no tiene repuesto y se está reduciendo tanto que pronto podré recorrerlo con mi bicicleta de profesor de Cambridge. Los atentados, el clima y las tribulaciones del amor, nos unen más de lo que se cree. Es cierto que el aldeanismo y la marca de la rosca de la boina se quitan viajando, pero escuchando a los que vienen de viaje también, aunque sean turistas. O comunistas chinos.

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