¿Se puede coser la roca?

¿Se puede  coser la roca?

Los norteamericanos han convertido en mítico el inmenso talud de una de sus montañas, sobre cuya cara vertical tienen esculpida la faz de algunos de sus históricos presidentes. Me pregunto si no acabaremos admirando y fotografiando también un concreto «cinglo» o cortado de la Muela de Cortes de Pallás. El que los ingenieros-cirujanos están cosiendo, con hilo metálico, tras una espectacular desgarradura. ¿Veremos a domingueros, teleobjetivo en ristre, buscando el mejor enfoque desde el otro lado del embalse del río Júcar? Hay sitio para llegar y aparcar si se va en coche. Y la proximidad de las hermosas aguas del pantano invita a quedarse, con mesita y sillas plegables y almuerzo o comida de picnic. La naturaleza abrupta tiene estas cosas y los ingeniosos humanos también.

Una catástrofe geológica, que pudo haber costado víctimas humanas y que aquí llamamos «sulsida», se deshojó de la roca gris, que estaba oxidada y mostró el fuerte ocre de la caliza interna; la del color al reguardo de abrigos que nuestros antepasados elegían para pintar guerreros y ciervos.

Retiradas las toneladas obstructoras del acceso vial al recóndito pueblo cortesano ('Un mundo aparte' es su eslógan) hemos asistido a un frenético hormigueo en la zona en los últimos días. Operarios con medios neumáticos. Escaladores ataviados con arneses, en misión inspeccionadora. Drones comandados a distancia, buscando el dato peligroso a tener en cuenta. Técnicos enjuiciando. Políticos, vestidos de campo, declarando. Jesús, el guardia civil que cortó el tránsito pascuero a tiempo en aquella Semana Santa de 2015, luce con justicia su medalla al mérito. Y la zona, la tierra local, ostenta un blindaje a base de vigas metálicas y espesos trenzados de redes férreas; levantadas a panza de helicóptero y estiradas a brazo de grúas de talla XXL.

Cortes no tiene más salida hacia Valencia (vía Buñol) que esta, la CV-428. La más directa y rápida. Amén de que cualquier otra repentina opción habría que hacerla pasar, mucho más tardona, por encima de la intocable reserva de cabras hispánicas y muflones. Así que están operando al herido. Laboriosos traumatólogos insertan tornillos gigantes aquí y allá. Estiran los cabrestantes y los anudan para sujetar la carne caliza que amenaza, aún, con desprenderse. Insertan tubos de drenaje para las surgencias acuosas que la montaña encierra en sus intríngulis cársticos.

Al pie, la fuente de la Vagona (de una vagoneta de obras que se le puso, en el pasado, como recipiente) mana ajena al ajetreo y al recuerdo del bloque, de unas cinco toneladas, que en el reparto le tocó a ella sola.

Poco más allá, el rinconcito umbroso, mirador y campestre de La Pileta ofrece dudosa feliz estancia a los pies del ruinoso castillejo de taibilla de reino taifa. Punto donde las caballerías abrevaban, tras el largo subir y bajar en zigzag cuando el fondo del cañón fluvial era el paso obligado. Acongoja mirar hacia arriba, y a la izquierda, cuando se llega al pueblo en coche (nadie llega a pie, abandonado como está el sendero europeo GR-7). Sobre todo porque, al lado del amplio sector mural en reparación hay otras amplias zonas donde las rocas dolientes asoman tan colgantes como estaban las que ya cayeron.

Lo sé, ya que en mi archivo milfotográfico conservo los originales de las ya idas cuesta abajo. De cuando me solía parar a mirar el paisaje, con un cierto estremecimiento, y registraba con la cámara los salientes más peligrosos, las grietas más acojonantes... Los trozos menores (de sólo alguna tonelada) ya caídos, aquí y allá, y retirados con el martillo y la excavadora; como si tal cosa.

Nunca debieron de trasladar, aguas abajo, la posición de costumbre ancestral de los viejos -siempre rehechos en el mismo sitio- puentes medievales. Obligando a transitar, ahora, por delante de una pizarra a punto siempre de volcarse peligrosamente sobre la cabeza del profesor. Exigiendo una partida a la «ruleta rusa» a cada transeúnte que circule por allí.

Me cuentan los viejos del lugar, entre ficha y ficha de dominó, que ya lo dijeron ellos: «Que allá no, que aquí...». Y yo les cuento, en aprobación, que ya lo dijo -también- Cavanilles: «La mole destruida, cuyas peñas cayeron en aquellas cuestas, dexo rotos y desnudos los bancos, manifestando la marga interpuesta y la enorme cantidad de greda que formaba como los cimientos del monte. Las lluvias que han sucedido desde aquella época han ablandado y robado la marga, dexando sin base grandes masas, que hoy se avanzan y amenazan ruina. De ahí los desmoronamientos que se observan, y el desgajarse peñas despues de copiosas lluvias y de yelos».

Y me temo que sólo la divinidad puede sujetar las montañas. Lo que a la entrada de Cortes de Pallás se está haciendo, enterrando millones, es muy similar a lo del ángel aparecido a San Agustín. «Pues así de imposible es... (coser las rocas con alambres)».

Fotos

Vídeos