DE PUEBLOS Y ESTADIOS

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

No se lo tome nadie a mal, no vayan a salir los puristas y guardianes de las esencias a criticarme por decir lo que voy a decir, pero la realidad es que hay muy pocos cascos urbanos de pueblos valencianos que merezcan arquitectónicamente la pena. ¿Y saben por qué? Pues por una terrible combinación de dinero (por increíble que parezca) y de poco respeto a la cultura y el patrimonio histórico. En muchos municipios, el crecimiento económico de los años sesenta y setenta arruinó calles y plazas, en las que las casas tradicionales fueron sustituidas por inmuebles de nueva planta de cuatro, cinco y hasta ocho alturas, con el efecto estético de 'dientes de sierra' tan característico de muchas poblaciones. Las viviendas ganaron en comodidad y habitabilidad pero los pueblos perdieron encanto y ese aire castizo que hace tan atractivo vivir lejos de la ciudad, en un ambiente rural. En otras partes de España, más pobres, no se ha producido un proceso de sustitución edilicia tan acusado como el registrado en Valencia en la segunda mitad del siglo XX. La falta de dinero sumerge a una localidad en una decadencia que, sin embargo, permite conservar su urbanismo primigenio. En la propia capital del Reino de Valencia, algunos espacios también dan cuenta de los perniciosos efectos del cóctel explosivo antes mencionado: el terrible edificio acristalado de la plaza del Ayuntamiento esquina con la calle de las Barcas o el situado justo al lado del palacio de Cervellón, en la plaza de Tetuán, son los testimonios más evidentes (y sangrantes) de cómo se puede estropear un emplazamiento histórico y simbólico con una arquitectura fuera de escala y carente de anclajes con su entorno. Un desaguisado urbanístico que también se puede contemplar en muchas áreas del Cabanyal y del Ensanche, dos de los entornos de más valor de la ciudad. La filosofía del 'serà per diners?' aplicada a la arquitectura y al urbanismo no ofrece buenos resultados. Qué añadir a estas alturas acerca de complejos colmatados, como la Ciudad de las Artes y las Ciencias, o de iconos inacabados, como el Ágora. Siempre he pensado que Valencia es más de rincones, de edificios nobles y notables pero sin grandes pretensiones, de calles quebradas, de perspectivas imposibles. Así que me pongo a temblar, lo reconozco, cuando leo que el Valencia va a reiniciar las obras del nuevo Mestalla, reformando el proyecto, derribando el anillo superior, hundiendo más el terreno de juego y acercando la grada al césped para que el estadio sea más vertical, no tan abierto. Y no es que no esté de acuerdo con el cambio, que parece lógico, sino que me incomoda la tendencia, y la querencia, valenciana hacia el buñuelo, el pastiche, la mezcla de estilos. Veremos en qué acaba ese estadio, si es que algún día se termina.

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