El pucherazo ha muerto

Ahora es suficiente con hacernos ver aquello que quieren que veamos. No tienen ni siquiera que obligarnos

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

Siempre me han hecho gracia esas entrevistas a famosos sobre sus gustos a la hora de vestir en las que defienden, con mucha convicción, que a ellos no les afectan las modas sino que deciden qué ponerse o no ponerse, según les sienta la prenda. Pero, después, no ves a ninguno con pantalones de pata de elefante, a no ser que se vuelvan a llevar, o con hombreras potentes si no es porque alguien ha rescatado los 80 de nuestro armario. En el fondo salirse del carril es inusual por lo incómodo, incluso para quienes van de enfant terrible combinando cosas que nadie se pone. Ellos, cuando se salen del carril, se pasan al alternativo y al camino-protesta. El asunto es no dejar del todo la senda marcada. Así, hay fashion victims que llevan alpargatas y hasta las ponen de moda en un acto de rebeldía suprema, pero como tú, pobre mortal, decidas salir de casa con unas zapatillas de ortopedia porque te duelen los pies te miran con una cara malísima. ¿No habíamos quedado en que molaba ser diferente? Sí, pero no tanto. Y, sobre todo, no tú.

En estos días nos rasgamos las vestiduras con la noticia sobre Facebook y la posibilidad de que estén decidiendo por nosotros sin que lo sepamos y, lo que es peor, utilizándonos con nuestro consentimiento sin tener noticia de ello. Sin embargo, hacemos eso con mucha más frecuencia de lo parece. Y de lo que seríamos capaces de reconocer. Salvo quienes se visten en Candem Town, un barrio de Londres donde encontrar ropa que jamás veríamos en la calle Colón, el resto de los ciudadanos elegimos entre la oferta que se nos pone delante. Lo mismo sucede en las elecciones. ¿Votamos a quienes nos gustaría? No. Optamos entre lo que hay. Eso hace que mucha gente, a estas alturas, ande lamentándose con un «si es que no sé a quién voy a votar». Y, así, acabamos en lo menos malo. O sea, decidiendo en un escaparate predeterminado. Como en las compras de la temporada primavera-verano del próximo fin de semana.

Lo de Facebook, por tanto, no es una gran novedad. Nos manejan un poco más. Lo peculiar, en todo caso, es darnos cuenta de que ya no es necesario montar un 1 de octubre para lograr el resultado deseado en una convocatoria popular. ¡El pucherazo ha muerto. ¡Viva el pucherazo! Ahora es suficiente con hacernos ver aquello que quieren que veamos. No tienen ni siquiera que obligarnos. Solo con ponernos delante esa realidad y ocultar otra es suficiente. Dicho así tampoco parece nuevo. El futuro pasa, pues, por confiar en los anacoretas digitales, en aquellos que viven en su desierto particular, sin estar permanentemente conectados al mundo virtual, y no reciben las influencias de los demás. Esos serán sabios un día, quizás lleguen a profetas y nos enseñarán la verdadera realidad. Lo malo es que, probablemente, no les creamos ni les aceptemos. Acabaremos despeñándolos por un barranco porque nos anuncian un Apocalipsis que nos resulta ajeno e increíble.

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