LA PROPIEDAD DE LA BANDERA

MIQUEL NADAL

Hay que dar una importancia relativa a la propiedad de las cosas. Ya dijo el Papa Francisco que en los entierros no hay camiones de mudanzas, pero ello no es incompatible con el respeto absoluto a la propiedad y a la ley. Eso es el Derecho Romano, y el Código Civil de Napoleón, y tantas otras cosas que ordenan la convivencia. Desde el punto de vista patrimonial el Valencia ha sido un auténtico desastre con los objetos que simbolizan su historia. Ha practicado una visión que podríamos llamar de saqueo colectivista de derechas. Lo que es de todos es mío. Aún recuerdo que hace no muchos años, bajando de anfiteatro, en un hueco de las escaleras aparecían arrumbados trofeos, muebles y variados objetos, que hoy formarán parte de colecciones particulares. Viene esto a cuento por la aparición de la bandera del club de 1924. La bandera robada. Ni extraviada, ni distraída, ni perdida. Las leyendas sobre el ladrón y las condiciones en que la enseñaba han circulado como leyenda urbana por Valencia, con gente chivando su apellido en confianza. Es tal el desastre patrimonial que nadie se preocupó nunca por denunciar los hechos. Ahora alguien, no se sabe quién, ha remitido la bandera a la Asociación de Futbolistas del Valencia Club de Fútbol, que la presentó en una exhibición solemne, con marco y todo. En cualquier país normal, el acto inmediato a la recepción hubiera sido acudir a una comisaría de la policía, para que pudiera investigar su procedencia, la posible existencia de huellas dactilares que identificaran en la caja o en la propia bandera al culpable. O trasladarla de inmediato, con su contenido, a su propietario, público y notorio. Todo esto sería inimaginable con una tela de Van Gogh o un cuadro de Sorolla. Las banderas están muy bien. Me alegro enormemente de su entrega por parte del arrepentido sustractor, pero en modo alguno ello puede ser calificado como de «recuperación», y mucho menos en una exhibición que suena a entrega pactada. En un país normal la bandera del club hubiera sido objeto de un interdicto restitutorio de la posesión, inmediato y sumario. Mi bandera, la bandera de todos, ha de estar donde corresponde estar, en el Museo del Club, el que alguna vez se abra, con ocasión o no del Centenario, pero no para que nadie haga usufructo del patrimonio con abanderados ni portaestandartes. La bandera, restaurada profesionalmente, al Club y al Museo. Para animar al Valencia basta cualquier bandera, hasta una vieja almohadilla de las de VIFASA. He animado al Valencia cuatro décadas, simplemente con mis miedos, cerrando los ojos frente a ataques enemigos, y comiendo pipas compulsivamente. No hicieron falta banderas. Mi única bandera del Valencia preside un campito de tierra de cuatro palmos mal contados en una humilde posesión del Palancia que mi padre aplanó a capazos con sus manos para que jugaran sus nietos. El amor no necesita estandartes.

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